MATTHEW GRAYSON
La vi, caminaba hacia mí, con su hermoso vestido de novia, blanco, algo arrugado, pero… su sonrisa, ¡Dios! ¡Qué sonrisa! Parecía iluminar todo a mi alrededor. Mi estómago se encogió y mi corazón se aceleró. Me hacía sentir especial, me hacía sentir vivo.
Era ella… era… Julia.
Julia.
Abrí los ojos con el corazón agitado, la imagen de ella se comenzaba a desvanecer, engullida por la oscuridad, al igual que su nombre, lo había pronunciado, lo tenía en la punta de la lengua, pero por más que me esforzaba, ya no estaba. Se me había escapado como agua entre los dedos.
—¡Matthew! —exclamó mi madre, precipitándose hacia mí y abrazándome. Los huesos me crujieron, pero no la rechacé—. ¡Despertaste! ¡Por fin!
—Mamá… me estás aplastando —murmuré adolorido, sin poder sostenerla entre mis brazos.
—¡Perdón! ¡Perdón! —Se alejó secándose las lágrimas mientras sonreía.
—¿Qué fue lo que pasó? —pregunté notando que cada centímetro de mi cuerpo me dolía, incluso el cabello. Pasé mis manos por mi mentón, sintiendo una barba rasposa—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—¿No lo recuerdas? —inquirió mi madre confundida—. Ibas manejando, bajo la lluvia y… alcoholizado. Chocaste de frente contra un camión. Fue un milagro que estuvieras vivo, el auto quedó hecho pedazos.
Conforme hablaba, su voz se iba haciendo más suave, perdiendo fuerza, viéndome como si no me reconociera. Entonces entró un doctor viejo, con una tabla en la mano y actitud apática.
—Señor Grayson, nos volvemos a ver… ¿cómo se encuentra? —me hablaba con familiaridad, pero no se me hacía conocido. Se acercó para verme más de cerca, apuntando su lámpara contra mis ojos.
—Doctor, mi hijo… no recuerda el accidente. ¿Eso es normal? —preguntó mi madre sin que el médico se inmutara.
—De todos los golpes que se llevó, bueno, el de la cabeza fue el más grave. —Entonces presionó su pluma contra mi sien, haciendo que el dolor se volviera insoportable, como una descarga eléctrica atormentando mi cerebro—. Los lóbulos temporales fueron los más afectados y eso significa que puede perder ciertos recuerdos. Es normal que no recuerde el accidente. De hecho, hay que valorar qué tanto recuerda de su vida antes este.
Mi mamá cubrió su boca, ahogando un sollozo, pero yo no me sentía mal, no podía lamentarme por lo que no recordaba. Entonces la puerta se volvió a abrir, esta vez dejando entrar a Sharon, con sus cabellos rubios brillando conforme la luz de las lámparas lo iluminaban y sus ojos azules, enrojecidos por haber estado llorando. Cuando me vio, de inmediato corrió hacia la cama y se lanzó para abrazarme.
—¡Matthew! ¡Despertaste! ¡No sabes lo preocupada que estaba por ti! —exclamó entre llanto mientras yo hacía un esfuerzo por sostenerla entre mis brazos. Su perfume cosquilleaba en mi nariz y algo me… perturbó.
No recordaba esta sensación de rechazo hacia ella. Era como si mi cuerpo se sintiera asqueado por su cercanía, pero… ¿por qué? Ella era mi mejor amiga desde que éramos niños, siempre fue la luz de mis ojos, mi más grande alegría. ¿Qué había cambiado?
—Te quedaste… —susurré esforzándome por hacer memoria, entonces Sharon se alejó lo suficiente para que nuestras miradas se encontraran.
—¿Cómo? —preguntó escéptica.
—No fuiste a Europa —insistí, siendo eso lo último que recordaba.
—¿Europa?, pero… eso fue hace… tres años —contestó confundida, retrocediendo con sus ojos cargados de escepticismo.
—¿Hace tres años? —pregunté sorprendido y de nuevo el cerebro se me acalambró.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!