MATTHEW GRAYSON
—Sé que todo parece muy extraño y repentino, pero eso se debe a tu pérdida de memoria —dijo Sharon mientras yo permanecía sentado en el borde de la cama. La habitación aún era un caos al igual que mi mente.
De pronto sentí como la cama se hundió detrás de mí, era ella, apoyándose en sus rodillas para acercarse. Sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello, su mejilla se apoyó contra la mía, su aroma cosquilleó mi nariz y me revolvió el estómago.
—Creo que deberíamos de ir pensando en darles un nieto a tus padres… ¿no crees? —preguntó antes de dejar un beso en mi cuello que me generó escalofríos, pero no de una manera agradable. Me quité sus manos de encima, apartándola suavemente, aunque en el fondo quería solo arrojarla lejos—. Matt… lo de tu accidente fue una señal.
—¿Una señal? —inquirí con una sonrisa fastidiada mientras me levantaba de la cama.
—Eres el único hijo de los Grayson, y no solo llevas sobre tus hombros su herencia, sino también la de mi familia. Recuerda que ambas empresas se fundieron en una sola después de que mis padres murieran —aseguró tragando saliva, con la actitud de quien tiene miedo por el futuro—. Si tú mueres y no has dejado descendencia, ¿qué pasará con todo?
—¿Eso es lo que en verdad te preocupa? —pregunté divertido, aunque por dentro hervía de coraje—. Te recuerdo que durante el accidente me lastimé la pierna. No pienso tocarte hasta que deje de usar este bastón.
—Matt… no quise ser tan brusca. Es solo que perderte no fue el único miedo de todos —dijo apenada, pero sus palabras aún no me convencían—. Además, no sabes lo ilusionada que estoy por tener un hijo tuyo. Eres mi mejor amigo desde que éramos niños, ahora que estamos juntos y casados, bueno… yo solo quiero formar la linda familia que siempre imaginé que tendríamos.
Se acercó hasta la orilla de la cama y se colgó de mi cuello, viéndome con una mezcla de deseo y desesperación. Se estiró hasta alcanzar mis labios y… no sentí nada. Su boca, esa que tanto tiempo me imaginé probar, incluso me revolvía el estómago. Tuve que apartar suavemente el rostro para no ofenderla.
—Creo que lo mejor será que durmamos en habitaciones separadas… —respondí con suavidad, pero sin espacios para discusiones.
—¿Dormir en habitaciones separadas? —Su rostro palideció y terminó postrada en la cama como si mi oferta hubiera sido un golpe—, pero… estamos casados.
—Ya te dije, mi pierna está herida y no estaré contigo hasta que me recupere —contesté con firmeza antes de tomar mi reloj de la mesita de noche y disponerme a bajar a una de las habitaciones de invitados.
—¡Matt! Esperaré, pero no tienes que dormir en otro lado —dijo ansiosa, viéndome con nerviosismo, pegando un brinco para salir de la cama—. Por favor.
—No, lo mejor será que te quedes aquí —agregué sin voltear hacia atrás.
—¡Matt! ¡No puedes hacerme esto! —gritó entre lágrimas y súplicas—. ¡Yo te amo, nos amamos! ¡Soy tu esposa! ¡Yo cuidaré de ti!
—Si eres mi esposa, Sharon, entonces te comportarás como tal y acatarás mis ordenes con obediencia —sentencié con la mano en el pomo y viéndola fijamente a los ojos. Conforme cerré la puerta, su imagen temblorosa y desconcertada desapareció de mi vista.
***
La mañana me descubrió completamente solo en la mansión. Sharon no se encontraba y al cabo de un par de horas llegó la nueva servidumbre. ¿Tenía sentido tomarme a pecho el cambio? No era que fuera muy cercano a ellos.
Entonces el teléfono comenzó a sonar y antes de que me acercara, una sirvienta lo tomó de inmediato.
—¿Residencia Grayson? —preguntó con una elegancia fría—. Sí, señora.
Volteó de inmediato hacia mí y me ofreció el aparato.
—Es la señora Grayson —dijo antes de hacer una pequeña reverencia y alejarse.
Dudé por un momento en contestar. Sabía que se trataba de Sharon, y aun así esperaba escuchar otra voz.
Entorné los ojos mientras sus palabras caían en mi pecho como plomos.
—¡Matthew! ¡¿Qué haces aquí?! —exclamó mi madre acercándose presurosa y sorprendida—. Deberías de estar descansando en casa.
—¡¿Qué carajos está pasando?! —pregunté sorprendido mientras mis ojos seguían cayendo en cada empleado que abandonaba la empresa.
—Sharon…
—Sharon… ¡¿Qué?! —exclamé furioso, comenzando a perder la paciencia.
—Está haciendo lo correcto para la empresa —sentenció mi madre con firmeza—. La mayoría de esta gente estaba a favor de mantener aquí migrantes asquerosos y poco productivos.
»Los trabajos deben de ser para la gente de nuestro país, no para oportunistas que deberían de estar trabajando en su propio país. Y todo aquel que los defienda solo está traicionando a su propia gente.
Entorné los ojos y apreté los labios.
—Eso es algo que solo yo debo de decidir —sentencié, sin darle la razón, tampoco criticando su racismo poco sutil.
—Tu padre le otorgó a Sharon una parte significativa de las acciones —respondió mi madre con la frente en alto—. Es lo que le corresponde por haberse casado contigo. Nuestro regalo de bodas, y eso significa que es social mayoritaria y se merece un lugar en el concejo de la empresa.
»Puede tomar decisiones importantes igual que tú —agregó posando su mano en mi brazo esperando que simplemente lo aceptara—. Al ser tu esposa, ella tiene que trabajar a tu lado, como un equipo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!