JULIA RODRÍGUEZ
Los nueve meses se habían cumplido, mi bebé ya estaba listo y yo esperando. ¿Cómo era posible que durante ese tiempo no fuera posible que me olvidara de Matthew? No pronunciaba su nombre, me esforzaba por no pensar en él, cada vez que mis ojos se humedecían al ver hacia el pasado, me apretaba el corazón con fuerza y ponía la mente en blanco, dejando que sus recuerdos se disolvieran poco a poco, pero eso no era suficiente.
Entonces me di cuenta, los trazos sobre mi cuaderno habían delatado mis pensamientos. La punta de mi lápiz se detuvo sobre sus ojos, era como si el hombre del dibujo me respondiera la mirada con la misma intensidad que en el pasado.
—¿No resulta irónico? —le pregunté mientras delineaba cada trazo de su rostro—. En menos tiempo del que pasé contigo, Santiago me ha dado todo lo que tú no pudiste. Él vio algo más en mí, no solo una carga. Me ha dejado crecer como profesionista y como persona.
»Incluso estoy segura de que él me quiere más de lo que tú jamás lo intentaste. Solo pusiste interés en mí cuando entendiste que ya no me quería quedar a tu lado. ¿Cuántos años más hubiera podido soportar así, en silencio, sirviéndote, sin que me vieras de verdad?
Arranqué la hoja mientras mi corazón se arrugaba. La mandé al final de la libreta, donde escondía todos los retratos de Matthew, esos que nunca verían la luz. Un reflejo de mi inconsciente y su anhelo incesante por el pasado y todo lo que siempre quise y nunca fue.
Dejé la libreta a un lado y eché un vistazo por la ventana del estudio. Comenzaba a anochecer y yo seguía sola, esperando al sol de esposo que tenía, bueno para todo, menos para ser fiel. Entorné los ojos y paseé la mirada en cada retrato de Santiago que había hecho con cariño para él. Era un hombre guapo, me trataba como reina, pero… eso no cambiaba que fuera un caso perdido, que dejara de buscar amor en otras camas.
Pobre de la persona que decidiera enamorarse en serio de él. Tal vez terminaría con el corazón peor de roto y pateado que el mío.
De pronto una fuerte contracción hizo que me doblara por la mitad, con ambas manos en mi vientre.
—No, no… no… —Intenté caminar, llegar hasta mi celular, pero el dolor era insoportable y yo estaba completamente sola en la finca—. No puede ser cierto…
Avancé con pasos pequeños y arrastrados hasta que alcancé mi teléfono y llamé a Santiago mientras me acurrucaba en una esquina. Ya estaba lista para que alguno de sus amantes me contestara y me lo negara. En alguna parte de mi cabeza pensaba que ocurriría como si llamara a Matthew y me contestara Sharon.
—¿Aló? —contestó una voz cantarina y coqueta. Claramente no era Santiago. Cerré los ojos con fuerza, conteniendo un gemido de dolor.
—¿Carlos? —pregunté, recordando el nombre de uno de sus amantes.
—¡Ash! ¡No! ¡David! —exclamó. Podía imaginármelo torciendo los ojos con fastidio.
—David, por favor, necesito hablar con Santiago, las contracciones empezaron y… —De pronto sentí como los pantalones de mi overol se humedecieron—. Se me rompió la fuente. ¡Ya viene el bebé!
—¡¡¡AHHH!!! ¡¡¡SANTI!!! —gritó emocionado en el teléfono—. ¡Vístete! ¡Tu mujer está pariendo! ¡El bebé ya viene!
Después de eso escuché gritos de varias personas, entre mujeres y hombres, hasta que por fin la voz de Santiago los silenció:
—¡Puta madre! ¡Cállense todos! —exclamó furioso antes de tomar el teléfono—. ¡Tranquila! ¡Ya voy! ¡Ya vamos! ¡Ya van!


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!