JULIA RODRÍGUEZ
Después de lo ocurrido con Lily, Mateo durmió con nosotros, con sus manitas aferradas a Santiago como si temiera que en cualquier momento fuera a desaparecer de su vida. Aunque logramos consolarlo y decirle que él siempre sería su padre, no fue suficiente, ya no. La verdad comenzaba a abrirse paso en su pecho.
Me levanté de madrugada, sintiendo que el peso en mi pecho no me dejaba respirar. Avancé hacia mi cueva, ese lugar que durante cinco años se había convertido en mi refugio. Las computadoras arruinadas aún seguían ahí, en el piso algunos dibujos, aguados como sopa. Nada servía y era duro de pensarlo así, porque todo ahí era una parte importante de mí, era como decir que mis riñones o mi hígado habían dejado de funcionar, incluso peor, porque mi trabajo y mi arte eran partes importantes de mi alma.
—Tenía miedo… —dijo Lily a mis espaldas, tomándome por sorpresa—. Yo… no quise… es que…
—Yo nunca te hice nada malo —la interrumpí viéndola con ojos llorosos—. Nunca te traté mal, te ofendí o te critiqué. Nunca te subestime. Te di un lugar en mi mesa sabiendo a lo que venías, porque sí, Santiago me lo dijo, estás aquí para ser su amante y darle el hijo que yo no le puedo dar.
Se quedó congelada, aferrándose con ambas manos al marco de la puerta, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Sabía lo que era estar en su lugar, sabía lo que significaba amar a un hombre que ya tiene a alguien más en su vida. No quise convertirme en una versión de Sharon, pero, aun así, no fue suficiente mi buena voluntad.
—¿Lo sabes? —preguntó con voz temblorosa y agachó la mirada—. ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué dejaste que entrara a tu casa?
—Ya lo dije… No puedo darle ese hijo a Santiago —respondí encogiéndome de hombros y viendo una vez más mi cueva arruinada—. No es porque no pueda. Con gusto Santiago me dejaría embarazada, lo sé, para él acostarse con una mujer es solo eso, sexo, pero para mí él es como un hermano.
Pensé en él tocando mi piel, recostados en la cama, y mi cuerpo tembló, pero no por lujuria, más bien por asco, sacudiéndose mientras mi piel se erizaba.
—Pero… están casados —dijo entre el asombro y la curiosidad, dando un paso hacía mí y el caos que ella había generado aquí.
—Nuestro matrimonio solo es un acuerdo en papel, pero él jamás me ha tocado ni yo a él —respondí volteando hacia ella, que parecía cada vez más confundida—. No conoces ni el ápice del «iceberg» que es Santiago.
—En este punto ni siquiera yo me conozco a mí misma —farfulló antes de abrazarse, como si el recuerdo de sus actos le diera frío—. Desde que lo conozco nunca me vio, no como yo quería que me viera. Pensé que esta era mi oportunidad para tocar su corazón, pero… estabas tú en medio, perfecta, inteligente y artística. Vi como te veía y supe que… nunca lograría que me viera de la misma forma si tú seguías en mi camino y terminé convirtiéndome en algo que nunca quise.
»Siempre odié a esas mujeres crueles que ven a otras como sus enemigas, que pelean por un hombre habiendo tantos. Ahora soy igual.
Parecía arrepentida y por un momento me compadecí, pero… ¿podía confiarme?
—El desayuno, por eso estás en la cocina —agregó encogiéndose de hombros.
—No, no, no y no… —dije sacudiendo las manos frente a ella—. Nada de lo que hablamos en mi cueva arruinada significa que ahora podemos convivir como si nada hubiera pasado.
—¡Por favor! ¡Déjame enmendar mi error! —exclamó insistente tomándome de las manos—. Prometo que me portaré bien. Ahora que sé que no hay nada entre tú y Santiago, déjame arreglar las cosas.
—¡Ajá!, y si no hubieras sabido que no hay nada entre él y yo, de seguro seguirías con tu hostilidad hacia mí, ¿verdad? —refunfuñé mientras le arrebataba mis manos de las suyas.
—¡Claro que no! ¡Ya me había arrepentido por todo desde antes! —Agachó la mirada apenada—. Desde que vi como mis palabras hirieron a Mateo. En verdad lo siento. Déjame pedir perdón de la única manera que sé y es… mostrándote que… no soy la mujer malvada que vino a invadir tu casa. Lo juro.
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras suplicaba.
Apoyada en la encimera y torciendo los ojos, supe desde antes de decirlo que le daría esa oportunidad. ¿Por qué? ¡Por mi maldito corazón de pollo! ¡Cómo lo odio!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!