MATTHEW GRAYSON
Aunque Sharon estaba en la habitación de al lado, no podía dormir, era como si la tuviera parada al pie de mi cama, viéndome fijamente. ¿En qué momento la mujer a la que había adorado con devoción ahora era un problema, incluso una pesadilla?
Me levanté de la cama, me puse lo que tenía a la mano y salí de mi habitación. Bajé hasta el bar del hotel. Luces brillantes, música y alcohol, mucho alcohol.
Me senté en una mesa, la más aislada del ruido y decidí pedir una botella de tequila. Vi el líquido ambarino en el pequeño vaso y me lo bebí. Ardió toda la garganta y el calor se expandió por mi estómago. Me gustó la sensación, pues me hacía olvidarme de otras cosas.
Entonces la vi, entre la gente, bailando y cantando como una adolescente. Pensé que la había dejado atrás, pero ahí estaba, Sharon, sacudiendo su melena rubia. Cuando sus ojos se posaron en mí, me sonrió de esa manera pícara que me hacía recordar a la adolescente que se había robado mi corazón.
—Lo sabía… —dijo ante la mesa, mientras yo me servía otro trago—. No tardarías en venir al bar. Te conozco lo suficiente. Siempre encuentras algo de calma en el alcohol.
Vio el asiento a mi lado y preguntó en silencio. Decidí asentir con la cabeza y en dos segundos ya la tenía a mi lado, pero no como la adulta con comportamientos de niña haciendo berrinche cada vez que algo no le salía bien o quería llamar mi atención. Parecía tranquila, sus ojos no me veían, sino que seguían el movimiento de los cuerpos en la pista, mientras sonreía.
—¿Recuerdas cuando nos escapábamos para venir a esta clase de lugares? —preguntó soltando una risita.
—¿Cómo olvidarlo? —susurré con el borde del vaso apoyado en mi labio inferior, mientras la memoria hacía su trabajo y viajaba a un pasado donde era feliz.
—En una situación así nos dimos nuestro primer beso —agregó con actitud meditabunda y algo melancólica—. Fue lindo.
—Tan lindo que me alejaste y me dijiste que aùn no estabas lista para algo tan serio —refunfuñé y me tomé todo el contenido de una sola intención—. Después de eso me dijiste que querías viajar a Europa, estudiar allá y encontrarte a ti misma. Descubrir quien eras sin mí.
—Descubrí que no soy nadie sin ti —susurró para sí misma, confiando demasiado en que el ruido de alrededor no me dejarían escucharla, pero cada palabra retumbó en mis tímpanos generándome más preguntas—. Pensar así fue un error.
Volteó con una mirada cansada y una sonrisa triste, mientras se escurría en el asiento, como si quisiera que se la tragara.
—Hemos pasado tantas cosas juntos, Matt. Estuviste ahí cuando mis padres murieron, no solo en el dolor, sino que, cuando la empresa amenazaba con irse a la quiebra, la rescataste, le diste un nuevo respiro y la volviste parte del patrimonio de la familia, haciendo algo más grande, algo que unía a ambas partes… —Agachó la mirada y su sonrisa se hizo más grande y melancólica—. Nos uniste mucho antes de que nos casáramos. Era como si nuestras familias estuvieran destinadas a estar juntas desde siempre.
—Y en cinco años acabaste con todo —dije con un resoplido y negando con la cabeza—. ¿Quién te dijo que era buena idea meter mano cuando no sabes?



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!