MATTHEW GRAYSON
Estaba mareado, pero aún consciente, disociado, como si la realidad se hubiera distorsionado. Entonces la vi, era ella, el fantasma que me atormentaba y me seguía, Julia, con esos ojos que me congelaban, me sonreía con timidez y picardía.
Se acercó y enrollo sus brazos en mi cuello, mientras mis manos se derretían en sus curvas. Su aliento aceleró mi corazón y ya no pude contenerme más, empujé su rostro hacia el mío, presionando su nuca con mi mano, su boca chocó con la mía de manera torpe, pero eso no importó, la devoré con hambre, con desesperación. El fantasma se había vuelto realidad, carne y hueso, piel caliente y perfume. Me estaba asfixiando en ella, mis manos recorrieron sus muslos queriendo escabullirse debajo de su vestido y tocar más allá.
Quería hundir mis dedos en ella, probar sus mieles y arrancarle la ropa ahí mismo. Cuando mi mano acarició el calor de sus bragas, ella brincó y soltó una risita nerviosa.
—No podemos hacer esto aquí —susurró contra mi boca antes de tomarme de la mano y llevarme fuera del bar.
Mi bastón arrastraba y mis pasos se sentían pesados. Todo alrededor se movía, ladeándose y duplicándose, como si hubiera bajado de un juego mecánico y estuviera mareado.
Cada vez me sentía más confundido. A veces veía esa melena castaña que me hacía delirar, otras veces era ese cabello rubio que detestaba. A veces la mujer que volteaba hacia mí, risueña y coqueta, con las mejillas sonrojadas y mordiéndose los labios, era Julia, pero otras veces su rostro se distorsionaba de manera desagradable y a quien veía era a Sharon.
Entramos al elevador y los besos siguieron su curso. Las caricias intensas e inapropiadas. El calor de mi cuerpo se hacía insoportable y ya no podía seguir escondiendo la erección debajo de mis pantalones. Dolía al tenerla encerrada.
Llegamos hasta mi habitación y en cuanto la puerta se abrió, la arrojé sobre la cama. Por unos segundos vi a Sharon, apoyada sobre sus codos, abriendo sus piernas de manera sugestiva, dejándome ver sus bragas mojadas. Me sentí confundido, asqueado, cerré los ojos y sacudí la cabeza. No me sentía bien, era demasiado el calor, demasiada la excitación, estaba perdiéndome a mí mismo. El cuarto se veía cada vez más oscuro, me estaba engullendo.
—¿Matt? —La voz que escuché fue la de Sharon, pero cuando abrí los ojos, quien me estaba esperando en la cama, quitándose lentamente las bragas para mí, era Julia, con sus mejillas sonrojadas y las pupilas dilatadas—. Tómame… Te necesito.
Mi corazón reventó y como un fiel creyente me hinqué ante ella, entre sus piernas, antes de llenarla de besos. Sus manos me ayudaron a desvestirme, cada vez me sentía más torpe, menos yo.
De espaldas en la cama, me montó con violencia, mientras que mis brazos y piernas perdían fuerza con cada sacudida.
—Fóllame duro, Matt… —susurró tomando mis manos y poniéndolas sobre sus pechos, invitándome a apretarlos, pero mis dedos no reaccionaban, la oscuridad se apoderaba de mí—. Quiero un hijo tuyo, Matt, es lo que necesitamos. Un bebé que nos una más.
—Julia… —gemí su nombre echando la cabeza hacia atrás, entre el éxtasis y el desmayo. Sus caderas dejaron de moverse y de pronto sentí su aliento en mi oído.
—Llámame como quieras… —susurró con el aliento entrecortado—. Al final del día quien tendrá a tu bebé soy yo, quien es tu esposa, soy yo. Ese fantasma está maldito y enterrado, no volverá a separarnos nunca.
Y con esas últimas palabras perdí por completo la consciencia, mientras la cama seguía sacudiéndose, haciéndome sentir como un barco en altamar.
***
JULIA RODRÍGUEZ
Me quedé por largo tiempo viendo mi reporte entre las manos, ese que no pude entregarle a Matt y que por suerte había guardado en la nube. En cuanto llegué a la empresa lo imprimí y sonreí.
—Liliana… —Me froté las sienes intentando encontrar calma.
—Sé que lo arruiné todo, solo quería… arreglarlo —susurró con una sonrisa apretada, de esas que solo se convierten en una línea recta—. Lo siento…
—Ahora que lo mencionas… Efectivamente no tengo secretaria —dije regresando en la conversación imaginándome que no le grité en la cara, retomando su oferta disimulada—. ¿Sabes algo de… eso?
Su mirada se iluminó y su sonrisa se volvió sincera, por lo menos antes de que pensara en sus habilidades para ser secretaria.
—Pues… aprendí taquimecanografía en la secundaria… —contestó encogiéndose de hombros—. ¿Sirve?
—Supongo… —susurré mientras me rascaba la oreja. Entonces vi a mi pequeño Mateo corriendo entre los escritorios, sabiendo que nadie podía levantarle la voz al hijo de la jefa. ¿Abusaba de su poder? Bueno, no esperaba menos del hijo de Matthew—. Tengo que salir a entregar esto. Ya que quieres ser mi secretaria, entonces te encargó que anotes todos los mensajes para cuando llegue y que cuides de Mateo.
—Anotar todos los mensajes, entendido… y… ¡¿cuidar de Mateo?! —Abrió los ojos con sorpresa, pero yo ya le estaba dando la espalda con intenciones de salir de la oficina—. ¡Pero él me odia!
—Bueno, será un gran momento para limar asperezas —contesté encogiéndome de hombros—. Su osito y sus galletas están en la maleta sobre el sofá. Si algo se complica, llámame.
»¡Suerte! —Apreté el botón del pequeño ascensor y lo último que vi fue su cara de pánico antes de que se cerraran las puertas.

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