MATTHEW GRAYSON
Desperté mareado y con náuseas. Apreté con fuerza los ojos y entonces sentí su peso sobre mi pecho, además de sus cabellos desperdigados, cosquilleando en mi cara. Cuando me di cuenta estaba en mi habitación con Sharon, ambos desnudos en la cama, envueltos solo por una sábana.
Ella se removió con torpeza. La luz le lastimaba tanto como a mí. De pronto brincó como si se hubiera dado cuenta de lo que había pasado y tiró de las sábanas para cubrirse.
—¡¿Qué pasó?! —preguntó confundida y apretando su cabeza entre sus manos—. Creo que bebimos demasiado tequila.
—Más del que deberíamos —solté con molestia, saliendo de la cama mientras ella comenzaba a reír.
—¿Cuándo fue la última vez que te sentiste tan vivo? —preguntó divertida, apoyando ambas rodillas en la cama. Me tomó de la mano haciéndome voltear hacia ella—. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos el amor con tanta pasión?
Sus ojos brillaban por una respuesta mientras que mi pecho era una mezcla de odio y asco. Me sacudí su mano con fuerza y alcancé mi bastón, mientras intentaba procesar lo que había pasado. Nunca me había perdido de esa manera, y había tomado cosas más fuertes.
Vi mi mano temblorosa, no sabía si de rabia o de frustración, y después vi hacia Sharon quien me veía desconcertada en la cama, envolviendo su cuerpo con la sábana y esperando algo que yo no pensaba darle: amor, comprensión y aceptación.
—Me encantaría decir que sentí esa pasión de la que me hablas, pero no recuerdo ni siquiera la mitad de la noche —dije con los dientes apretados—. ¿Te diste cuenta de que ni siquiera estaba consciente y aun así aprovechaste la oportunidad?
Su rostro pasó de la curiosidad a la sorpresa, terminando en la indignación.
—¡¿De qué estás hablando?! —exclamó saltando de la cama y enfrentándome—. Tú abriste esta habitación, tú me invitaste a entrar y me llenaste de besos y caricias. ¡Tú fuiste quien provocó todo esto y ahora ¿lo niegas?!
»¡Matthew! ¡Soy tu esposa! ¡Te amo! ¡¿Por qué hablas como si yo hubiera abusado de la situación?! —preguntó con los ojos llenos de lágrimas y el labio tembloroso.
—¡Porque todo estaba bien hasta que apareciste tú! —grité furioso, con la rabia palpitando en mis venas—. No sé por qué… no lo entiendo… pero te odio…
Mi confesión la recibió como un golpe en el estómago y retrocedió, con el rostro lívido.
—No sé qué pasó en ese lapso que perdí de mi memoria, pero ya no te veo de la misma forma, no eres la mujer que adoraba y esperaba —agregué con firmeza, sabiendo que mis palabras la lastimarían, pero mi lengua no quería detenerse—. A veces me despierto y me pregunto cómo es que nos casamos. ¿Qué estaba pensando?
»Si no quería intimar contigo, no era por mi lesión en la pierna. —Arrojé el bastón al piso, la alfombra silenció su caída—. No despiertas nada en mí como mujer. No… No hay manera… Ya no te veo de esa forma.
»Si hoy tuviste suerte fue por el alcohol. No recuerdo nada de lo que dices, no recuerdo haberte besado ni acariciado a ti —porque, en realidad, a quien había acariciado con tanto deseo era a Julia, su imagen era la que había despertado mi pasión. Ahora lo entendía, pero había cometido el error de entregarle todo eso a Sharon, y ahora tenía la necesidad de tallarme el cuerpo hasta que se enrojeciera mi piel, como si de esa forma pudiera arrancarme la esencia de Sharon.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!