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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 71

MATTHEW GRAYSON

Al principio creí que lo más prudente sería mandar a hacer la prueba de paternidad a Estados Unidos, pero temía que fuera alterada. Últimamente todo lo que me rodeaba parecía estar siendo profanado por Sharon o por mi madre, así que acepté que lo hicieran en uno de los laboratorios de mayor prestigio en México, aquí, donde pocos me conocían y, aparentemente, a nadie le importaba lo que hacía o no.

Era cuestión de tiempo para descubrir si ese niño era mi hijo, y si lo era, agregar una incógnita más a todas las que me daban vueltas en la cabeza.

—¡¿Matt?! —exclamó Sharon en cuanto rebasé las puertas del hotel. Ella tiraba de una maleta de rueditas y la dejó a medio camino para tomar mi rostro entre sus manos. De inmediato retrocedí con el ceño fruncido y asqueado por su tacto. Lo cual pareció herirla—. Solo estaba preocupada por ti. ¿Qué te pasó? ¿Por qué tienes el labio roto?

—¿Te vas? —pregunté señalando su maleta con el bastón. No quería entrar en detalles, mucho menos darle explicaciones.

—¿Por qué no me quieres decir lo que te pasó? —insistió acercándose un poco más, buscando mi mirada—. Es porque ese fue el resultado de ir a buscar a Julia, ¿verdad? ¿Por qué saliste detrás de ella? Ni siquiera la conoces, pudo ser muy peligroso…

—¿Peligroso? Peligroso es quedarme con alguien que en vez de ayudarme a recuperar la memoria parece esforzarse para que jamás la recupere —sentencié entornando los ojos y esperando a que se defendiera, en cambio solo me vio en silencio, apretando los labios y suspiró.

—No me quieres aquí… por eso me voy —susurró agachando la mirada. Usando su astucia para evadir temas incómodos—. Ni siquiera porque soy tu esposa… Ni siquiera porque fui tu mejor amiga. Parece que no hay nada que pueda hacer para que vuelvas a quererme como antes.

Recuperó su maleta y arrastró sus pies hacia la entrada del hotel, cabizbaja y resignada, hasta que la tomé del brazo y su rostro volvió hacia mí lleno de ilusión, esperando una mirada compasiva o un gesto de aprobación de mi parte.

—¿Te tomaste la pastilla? —pregunté entornando los ojos, queriendo adivinar si se atrevería a mentirme.

—¿Cómo? ¿Estás hablando en serio? —inquirió con el rostro lívido—. Te estoy diciendo que me voy y… ¿eso es lo primero que te preocupa? ¡¿Cómo puedes ser tan cruel?!

—¿Te la tomaste o no? —insistí tajante y comenzando a perder la paciencia.

—Sí, me la tomé —respondió indignada, retrocediendo con una mano en el pecho y la mirada cargada de reproche—. Matthew… no puedo creer que…

—No te creo —la interrumpí mientras sacaba de mi bolsillo una pequeña caja rosa que había comprado en una farmacia de paso—. Quiero verte tomándola frente a mí, no voy a permitir que me engañes.

—¡¿Estás loco?! —exclamó retrocediendo—. Ya me tomé una y tendrás que confiar en mí, no pienso poner en riesgo mi vida.

—Tomar una segunda dosis no te matará. —Torcí los ojos con hastío.

—¡Pero puede dejarme infértil! ¡¿Sabes la bomba de hormonas que me estás ofreciendo y las consecuencias que pueden dejar en mi cuerpo?! —exclamó indignada, pero mi silencio le dejó en claro que no pensaba ceder.

Los segundos se dilataron y ninguno de los dos parecía querer ceder.

—Escúchame bien, Sharon —susurré con una dulzura cargada de veneno—. No me conoces, bien. Siempre recibiste de mí ternura y compasión, pero mi paciencia se agota.

De esa manera Sharon dio media vuelta y se fue, tirando de su maleta y arrastrando lo poco que le quedaba de dignidad. El silencio se acentuó mientras su silueta se difuminaba conforme se alejaba.

—¿Ahora qué? —preguntó Carl a mi lado, apenas en un susurro. Había presenciado todo en silencio, pero con el oído bien abierto.

—No perderemos más el tiempo, no volveré hasta que no tenga respuestas —dije con firmeza y el ceño fruncido—. Busca un lugar decente donde podamos vivir hasta que resuelva todo esto.

—Sí, señor —contestó Carl intentando esconder su sonrisa cargada de satisfacción y salió corriendo, mientras yo iba a pedir en la recepción mi llave para poder descansar del golpe que Santiago me había dado.

No habían pasado ni tres minutos cuando Carl regresó corriendo, alarmado y al borde del colapso.

—¡Señor! ¡Vi a Sharon escupir la pastilla en el basurero! —exclamó mientras jalaba aire, con ambas manos apoyadas en las rodillas.

—¡¿Y por qué carajos no la detuviste?! —grité furioso, dándole unos cuantos bastonazos para que se quitara de mi camino, queriendo llegar a la entrada.

—Porque estaba más cerca del hotel que de ella, y ella estaba más cerca de su taxi que de mí —respondió Carl, deteniendo mi mano justo en el pomo de la puerta, haciéndome voltear lentamente hacia él—. Se fue antes de que pudiera hacer algo.

Bien, si así era como quería jugar Sharon, que lo intentara. Si resultaba embarazada, haría que se arrepintiera hasta de haber nacido.

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