SANTIAGO CASTAÑEDA
Entré con determinación al enorme salón de la hacienda de mi padre. Demasiado lujo y elegancia, tanta que me cegaba. Dentro una mezcla de capos latinos con sus respectivas amantes o esposas, así como las mujeres escogían la joyería que les sentara bien con su atuendo, los hombres escogíamos a las mujeres que mejor se vieran y más lucieran en este tipo de reuniones.
—¡¿Cómo porque mi tarjeta está sobregirada?! —exclamé en cuanto llegué a casa, mientras las dos mujeres tenían los sillones llenos de bolsas de marcas costosas. Incluso el pequeño Mateo intentaba sobrevivir entre el mar de tela que caía sobre él. Sus pequeños ojitos se asomaban entre los vestidos encimados.
—¡Papi! ¡Auxilio! —exclamó sacando sus manitas, de las cuales tuve que tirar para rescatarlo, entre jadeos cansados y agotamiento, como un náufrago que sobrevivió a la tormenta—. Casi muero.
—Querías que nos fuéramos de compras —dijo Julia con media sonrisa, dejándose caer sobre el sofá y cruzándose de piernas, con esa maldita actitud de quien se sale con la suya.
—Solo tenían que comprar un vestido cada una… ¡No todo lo que encontraran en todas las tiendas del centro comercial! —exclamé desesperado.
—No te enojes, Santi, verás que fue una buena inversión. ¡Tan solo mira estos collares que nos compramos a juego! —dijo Liliana emocionada, abriendo un par de cajas de terciopelo. Ahí fue donde entendí a donde se había ido todo mi dinero.
—Hijas de su que horror —susurré mientras acariciaba los diamantes finamente colocados en lo que parecía una aleación de platino.
—Brilla muy bonito —dijo Mateo, mientras cada diamante se reflejaba en sus ojos azules.
—Sí, tan bonito que estoy seguro de que Hacienda querrá hacerme una auditoría —rezongué viendo con molestia tanto a Liliana como a Julia, una más preocupada que la otra.
—Nos hubieras dado dinero en efectivo y no tu tarjeta —contestó Julia encogiéndose de hombros, como si eso fuera lo obvio.
—¡Mejor hubieran sido prudentes al comprar! —exclamé y abracé a Mateo con fuerza, como un niño aferrado a su osito de peluche, mientras me lamentaba.
—Pero valdrá la pena —agregó Liliana sin perder la emoción—. Escogimos el mismo vestido, uno azul entallado en el que nos vemos divinamente sensuales, y con las joyas, todos ahí no podrán quitarnos los ojos de encima.
»Te envidiarán, ya lo verás. —Me dio un par de palmaditas, y odié admitir que tenía razón.
Fui el único descarado que llevaba a su amante y a su esposa, una de cada brazo. Ambas con el mismo modelo de vestido, ambas con la misma joyería, y las dos hablando entre ellas como si se llevaran bien.
—Supongo que te sientes muy orgulloso —dijo Julia tomada de mi brazo izquierdo, con una sonrisa rígida.
—Un poco sí —respondí haciendo mi sonrisa más grande. Amaba llamar la atención.
—¿Qué dijo? —preguntó Liliana a mi izquierda, también sujeta de mi brazo.
—Nada, solo que si te preguntan digas que los tres dormimos en la misma cama —contesté guiñándole un ojo y recibiendo un golpe firme en el pecho.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!