JULIA RODRÍGUEZ
De manera disimulada pateé la caja con el vestido debajo de uno de los sofás, mientras esa maldita mujer veía todo con esos ojos críticos. Era obvio que todavía no decía palabra alguna y ya me estaba juzgando.
—Rafael habla maravillas de ti y de cómo fuiste lo mejor que le pudo pasar a Santiago —dijo sin siquiera voltear a verme—. Inteligente, artística y bonita.
—El señor Castañeda siempre tan gentil —respondí esforzándome por sonreír, pero tenía las mejillas tensas.
Por fin Carmen volteó a verme. Su gesto era rígido. Sus ojos irradiaban desprecio, pero sonreía como si con eso pudiera esconder su podrida alma.
—Cariño, no sé si ya te informó Santiago, pero hoy habrá una cena en casa y me encantaría que no te la perdieras. —Tanta amabilidad me revolvió el estómago. Tomó mis manos, pero su tacto no era cálido, por el contrario, me daba asco.
—Claro, tengo ganas de ver a mi suegra y platicar con ella, no lo hacemos desde la fiesta —contesté destilando veneno, pero no surtió ningún efecto. Su gruesa piel de víbora parecía impenetrable.
—No, ella no va a estar —contestó tranquilamente—. Parece que está indispuesta.
—Ella no va a estar, pero tú sí —dije sacando mi mano de entre las suyas—. ¿Con qué derecho? Es su casa…
—Es casa de Rafael, así como tu hogar en realidad es de Santiago. —Se encogió de hombros mientras yo rabiaba por dentro—. Ellos saben de qué manera acomodan sus prioridades o las desechan.
Caminó tranquilamente hacia la puerta y apoyó su mano sobre el pomo.
—Después de cinco años parece que no has entendido la dinámica familiar, Julia —agregó volteando hacia mí—. Se hace lo que el hombre dice. Si Rafael quiere que yo me muestre como la señora de la casa, entonces no importa cuanto llore o se queje Alondra, al contrario, si habla mal de mí o intenta afectarme de alguna manera, será regañada, incluso encerrada en su cuarto por portarse mal.
»Hasta entre perros hay razas, princesita. Regresé, porque mi lugar siempre ha estado al lado de Rafael, y lo mismo te va a pasar a ti cuando Santiago se canse de jugar contigo. Solo eres una mera distracción. No eres la mujer que él escogió… y cuando escoja de verdad, entonces tendrás que aprender a agachar la cabeza y hacerte a la idea de que hay una mujer más importante que tú en su vida.
»Una cosa es que te mantengan y te den libertad, y otra muy diferente es que te amen hasta el punto de idolatrarte, y eso, cariño, no se logra solo siendo inteligente, artística o bonita. Así que antes de abrir esa boquita y decir o hacer cualquier cosa de la que me pueda ofender, piénsalo dos veces, no solo por Rafael, sino también por Santiago, porque él no te soportará toda la vida y aún está bajó el mando de su padre, mi hombre.
Tomé la caja y salí del lugar. Cuando puse el primer pie en la acera me di cuenta de que ni siquiera sabía donde estaba Matt. Su nota especificaba que ya no estaba en el hotel, entonces… ¿dónde?
—Esperaba verte ya lista, con el vestido puesto y todo, pero parece que no te dio tiempo —dijo Carl desde la otra acera, recargado en un auto negro bastante elegante mientras veía su reloj de pulso—. Creo que el jefe tenía razón. No dejarás que esto sea tan fácil, ¿cierto?
—Aún no es la hora de salida —contesté entornando los ojos ya acercándome a él—. Llegaste temprano.
—Él me mandó antes —susurró mientras se hacía a un lado y abría la puerta trasera para mí—. Sabía que nos pondrías esto difícil y no quería que huyeras. ¿No te parece sorprendente que algunas cosas, pese a todo, no se olvidan?
Torcí los ojos y puse el primer pie dentro, con reservas.
—No voy a cenar con él, solo voy a aclarar que no lo quiero en mi vida —sentencié con ferocidad, pero no pareció importarle.
—Eso es algo que no me tienes que decir a mí —respondió antes de cerrar la puerta detrás de mí.

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