SANTIAGO CASTAÑEDA
—¿Qué pasa? Te veo angustiado… —susurró Carmen mientras supervisaba con atención a toda la servidumbre preparando su maravillosa cena—. A tu padre no le agradaría ver que estás tan retraído.
—Entenderás que no me emociona particularmente que la amante de mi padre se pavoneé como la señora de la casa —sentencié con una sonrisa rígida, cargada de ironía y odio.
—Santi, tan solo mira a tu alrededor —dijo con las palmas hacia arriba y su sonrisa extendiéndose por su rostro—. La… «señora de la casa», ha decidido guardar silencio y aceptar que la dueña del corazón de tu padre ha regresado. Deberías de seguir el ejemplo de tu madre y mantenerte al margen. Sonreír para las fotos familiares y no convertirte en un problema.
—¿Crees que no sé lo que estás haciendo, pedazo de bruja engreída? —Ya estaba harto de su manipulación y la manera en la que se comportaba, como si fuera la víctima, la mujer que se sacrificó, la que esperó y ahora por fin empezaba a ser recompensada, como si se tratara de una heroína o una mártir—. No vas a obtener nada, ¿entendiste? Ni siquiera presentándote con el bastardo.
—¿Bastardo? Bueno, si le preguntas a tu padre está tan orgulloso de Javier como lo está de ti, incluso creo que podría estarlo aún más, después de todo tal vez Javier pueda darle un nieto que lleve su sangre mucho antes que tú. ¿No crees? —respondió sin intimidarse, pese a que mis dedos se clavaban en su brazo como ganchos, queriendo atravesar su carne—. Es una tristeza que un hombre tan guapo como tú no le gusten las mujeres.
—No sé de qué hablas… Yo amo a las mujeres, pero a diferencia de mi padre soy más selectivo, no me revuelco con cualquier gata asquerosa —respondí con una sonrisa mientras hervía de rabia, soltándola con brusquedad, aún así ella no se inmutó.
—Por el bien de tu padre y de su salud, compórtate. No querrás hacerlo pasar un coraje que empeore todo —contestó dando media vuelta mientras se acomodaba la manga de su blusa—. Aunque no lo creas, quiero que él se quede con nosotros muchos años más.
—Claro, porque aún te mantiene a ti y a tu asqueroso hijo, si él se muere se te acaba la mina de oro —insistí. La única manera de herirla sin que mi padre se diera cuenta, era en esos momentos de soledad, con mis palabras, pero ella parecía tener una coraza y cada injuria la recibía con la actitud de quien sabe que, pase lo que pase, ya ganó.
—Ay, Santiago… —susurró con lástima y negando con la cabeza—. ¿No te das cuenta? Quien en verdad corre peligro de perderlo todo si papito muere, eres tú, no yo, mucho menos Javier.
Fruncí el ceño y apreté las mandíbulas, mientras su mirada se clavaba en mí como un dardo envenenado.
Abrí la boca, pero no pude decir nada, pues mi teléfono comenzó a sonar con insistencia, cuando vi, era de la escuela de Mateo.
Suspiré apesadumbrado ante de darle la espalda a esa maldita arpía.
—¿Sí? —pregunté intentando fingir que no tenía ganas de matarla y bailar sobre su cadáver.
—¿Hablo con el padre de Mateo Castañeda? —preguntó una voz femenina suave y algo apenada.
—Sí, soy yo. ¿Qué ocurre? —insistí comenzando a perder la paciencia. ¿No podía decirme lo que tenía que decir de una sola intención?



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!