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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 7

CAPÍTULO 7. Dos noches para decir adiós.

Katerina no volvió a levantarse hasta la tarde. Le dolía el cuerpo, pero el corazón le dolía un poco más.

Había confundido comodidad con pareja. Posesión con amor. Casa con hogar.

Jordan no la amaba, le gustaba tenerla, le gustaba haberla salvado, le gustaba la rutina de hombre de familia con esposa en casa. Pero era una esposa a la que no estaba dispuesto a escuchar, a la que no defendía. Y eso no era amor.

Katerina caminó hasta el comedor, pero no tiró a la basura el contrato de divorcio. En lugar de eso lo firmó ella primero y luego se sentó con las piernas recogidas y un café antes de marcar un número.

—Tío, me voy a divorciar. ¿En cuánto tiempo puedes tenerlo listo cuando consiga la firma? —preguntó, y del otro lado le respondió la voz de un hombre mayor, que todavía parecía tener el humor de un niño.

“Puedo tenerlo listo en tres horas, formalizado, oficializado y con sellos… incluso sin la firma”.

—Lo sé, pero quiero conseguirla yo —replicó ella pensativa, mirando al jardín tras la ventana—. No quiero que Jordan pueda decir que lo engañé de ninguna manera. Entonces… tres horas. Es más que suficiente.

Se despidió con afecto y luego abrió una pequeña caja fuerte que tenía instalada detrás de su mesita de noche. Preparó un portafolio con sus documentos importantes, llaves de cajas de depósitos bancarias, accesos, el collar de su abuela y un par de celulares que siempre traía para las emergencias. Se echó uno en el bolsillo y cruzó la propiedad hasta la casa de su suegra.

Entró por la misma puerta de servicio y encontró al señor Emerson sentado en su silla de ruedas frente a su ventana.

—¿Ya te dieron de comer, viejo? —le preguntó con una sonrisa.

—¿Me trajiste algo? —preguntó él y ella sacó unos dulces.

—Veneno de contrabando, tu favorito —dijo poniéndole aquella caja de donas sobre las piernas.

Durante un buen rato conversaron como lo hacían siempre, con la suavidad de un abuelo y su nieta, hasta que Katerina sacó el teléfono de su bolsillo.

—Si alguna vez me necesitas, este es un número que siempre va a responder —le dijo, escondiendo el celular en los pliegues de su manta—. A cualquier hora, por cualquier motivo. ¿Entiendes?

Los ojos del señor Emerson se llenaron de lágrimas y rozó el celular con los dedos.

—Te estás despidiendo…

—No, te estoy diciendo que siempre vendré por ti, viejo. ¿De acuerdo?

El hombre apretó los labios y le dio un abrazo, porque en el último año Katerina había sido más hija para él que sus propios hijos, pero sabía que algo grande estaba pasando desde el regreso de Angela.

—Si tienes que irte, no mires atrás —le dijo como una advertencia y ella asintió despacio.

Pero de repente su propio celular vibró con la alerta del sistema de seguridad de su casa.

—Tengo que irme —murmuró y bajó a toda prisa, pero cuando entró a la casa, las risas en su habitación le dijeron que no eran extraños—. ¿Ustedes qué hacen metidas en mi cuarto? —siseó entre dientes, pero para ese momento ya Angela y Jasmine habían vaciado la mitad de su closet por todo el cuarto.

Sus vestidos de gala estaban esparcidos, algunos fuera de sus fundas, y sus joyas, bolsos y zapatos también. Muchos de ellos Katerina ni siquiera los había estrenado.

—Estamos buscando un vestido hermoso para Angela. Tiene que verse espectacular en la firma del contrato —le dijo Jasmine como si le hablara a una empleada.

—¡Salgan! ¡De mi cuarto! ¡Ahora! —vociferó Katerina y Ángela se le plantó delante como si fuera la dueña de la casa.

—¡Nada de esto es tuyo! —le gritó—. Tú solo eres una recogida a la que Jordan salvó en Ucrania, nada más. ¡Se casó contigo para sustituirme! ¡Pero todo esto lo compró para su esposa y su esposa debería ser yo!

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