CAPÍTULO 8. Una noche para decir adiós.
—Considéralo hecho —siseó Angela tomando la carpeta—. Nada me dará más gusto que echarte de esta casa, además supongo que ya te diste cuenta de lo que eres para Jordan, ¿verdad? La perra callejera a la que le puso techo y comida, comprado por él, pagado por él… Me alegro de que te lo haya recordado.
Katerina no pudo evitar que las lágrimas subieran a sus ojos, pero no le dio el gusto de quebrarse frente a ella.
—Yo también me alegro —sentenció.
Diez minutos después veía a su suegra salir por la puerta lateral todavía renegando y quejándose, pero cargada con cinco bolsas de vestidos que Jordan alguna vez le había comprado. Ahora Angela podía reclamarlos cuando quisiera.
Luego vio a Jordan salir del cuarto furioso y plantarse frente a ella, aflojándose la corbata con molestia.
—¡Esto se está saliendo de control, Katerina! —espetó—. ¡No puedes hablarle así a mi hermana!
Pero pronto se dio cuenta que de su esposa no estaba dispuesta a aceptar el regaño.
—¡Entraron a nuestra casa, Jordan! ¡Se metieron a nuestro cuarto! ¡Desvalijaron mi closet! ¡Sacaron mis joyas! ¡Me llamaron “recogida”! ¡Me dijeron que te habías casado conmigo por lástima, para sustituir a Angela, y que después de la firma, no podrías retractarte de que Angela era tu esposa! —siseó sin una gota de expresión en la voz—. ¡Y tú me exigiste a mí que me disculpara!
Jordan frunció el ceño con impotencia, pestañeando rápido como si no pudiera procesar todas esas palabras.
—Yo no escuché nada de eso. Solo te oí decir…
—¡Lo que te convino escuchar, lo que elegiste creer, lo que te queda más fácil…!
—¡Solo estoy tratando de mantener la paz!
—¡No hay paz sin respeto! ¡No hay paz mientras agreden a tu esposa y tú lo permites!
—¡No te estaban agrediendo! ¡Te pedían un favor!
—¡Nadie pide un favor mientras te llama “mantenida”! —replicó Katerina—. Y tú les diste permiso de hacerlo en el mismo momento en que me recordaste que todo lo compraste tú.
Por un momento sus propias palabras le jugaron en contra, y Jordan lanzó la corbata lejos con un gesto de frustración.
—¡Maldición, Kat! ¿¡Sabes lo presionado que estoy con el proyecto!? —espetó como si cambiar de tema lo justificara—. ¡No tengo tiempo para estos dramas ahora!
—¿Te arruinarás si lo pierdes? —lo increpó ella—. ¿Te quedarás sin dinero, perderás las mansiones, Blackwood Holdings irá a la bancarrota?
—¡Claro que no, pero…!
—Pero quieres ser más rico, más importante, más reconocido. —Katerina dejó escapar una risa amarga—. Todo eso está antes que defender a tu esposa.
Jordan dio un paso hacia ella, pero la vio retroceder vivamente y ese fue un golpe más duro que cualquier palabra. Y Katerina ni se molestó en esconderlo: no quería que la tocara.
Jordan trató de calmarse y al final hizo un gesto de resignación.
—Hoy vine temprano para decirte que tendría que quedarme en el despacho toda la noche… Solo. Estaré solo.
—¿Y crees que eso me importa ya?
—¡Angela no es nada! ¡No significa nada! ¡Es mi hermana! —exclamó él fuera de sí—. ¡Si alguien está destruyendo esto eres tú! ¡Ella ni te mira y tú ves agresiones en todos lados! Mi hermana, mi madre… ¡Maldición, nadie entiende que estoy tratando de hacer lo mejor para esta familia!
—¿Para cuál? —preguntó ella con tanta suavidad, que Jordan se quedó mudo—. ¿Para cuál familia, Jordan? Porque para mí no.
Lo escuchó lanzar un gruñido de frustración y solo entonces sonrió.

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