CAPÍTULO 72. Un hombre aburrido
Del otro lado se hizo un silencio, pero no obediente, sino el tipo de concentración con el que una mujer acostumbrada a actuar se prepara para eso.
—Me detuvieron por allanamiento, intento de secuestro y hasta una orden de restricción tengo ahora. Mi abogado en Emmet Perry, su teléfono es el 978 812 7534, llámalo, él tiene un fondo abierto a mis cuentas disponible para fianza. Estoy en posición de resolver mis problemas.
“OK, comprendo. Entonces... si lo tienes todo cubierto ¿por qué me llamas a mí?” preguntó la mujer y Byron cerró los ojos un instante.
—Porque solo me dieron una llamada y hay algo mucho más urgente que sacarme a mí de la cárcel. —Respiró hondo—. Dile a tu hermana que vuelva lo más pronto posible… si quiere encontrar vivo al padre de su hijo...
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos, y por un momento Giulia Orlenko no dijo nada, pero para cuando volvió a despegar los labios, respondió con una calma inquietante.
“Entiendo”.
La comunicación se cortó y Byron permaneció varios segundos sosteniendo el auricular. Después lo devolvió lentamente y regresó a la celda, sabiendo que lo único que podía hacer a partir de ese momento era esperar.
Sabía que los procedimientos en las comisarías eran lenton, más cuando se trataba de acusaciones tan fuertes como las que Jasmine había hecho. A fianza sería astronómica, pero lo que más le preocupaba era que probablemente estaría encerrado tres o cuatro días mientras su abogado trataba de conseguir audiencia con fiscales y jueces.
Sin embargo menos de una hora después escuchó pasos acercándose por el corredor, y Byron se puso de pie, porque el hombre que apareció al otro lado de los barrotes era mucho más alto y bastante más imponente que su abogado.
Alexei Orlenko levantó una ceja divertida mientras lo miraba y él mismo abrió la reja de su celda con una llave que traía, como si hubiera bastado con pedírsela al capitán del precinto para que se la entregara.
—Nos vamos, muchacho.
Byron parpadeó aturdido.
—¿Señor Orlenko?
—Entréguele sus cosas —le ordenó Alexei a un oficial que estaba cerca y este corrió a obedecer.
Cuando el policía trajo las cosas, él simplemente le hizo un gesto a Byron y caminaron juntos por el pasillo hacia la salida, sin que nadie los detuviera.
—Este… disculpe, señor Orlenko, pero ¿puedo preguntarle qué hace aquí? —murmuró mirándolo de reojo, pero Alexei solo se encogió de hombros.
—Estoy aburrido.
Byron lo miró sin entender.
—¿Vino porque estaba aburrido?
—Últimamente solo me entretienen los dramas familiares, pero no ha habido ninguno —sentenció dejando caer los hombros como si eso fuera ofensa del destino—. Así que cuando Giulia me dijo que estabas aquí, decidí presentarme formalmente como tu abogado, porque… bueno, porque yo soy más rápido que cualquiera que tengas tú, porque tengo entendido que hay un problema con el tarado constitucional de tu primo y… bueno, porque necesito decidir si contigo también habrá que aplicar una espartana.
Byron frunció el ceño y achicó los ojos sin entender de qué estaba hablando.
—¿Qué demonios es una espartana? —preguntó y Alexei soltó una carcajada, justo antes de palmearle la nuca.
—Está mal. Los médicos confirmaron que heredó la enfermedad de mi tío… pero eso no es todo.
Alexei giró lentamente la cabeza.
—Continúa.
—Jasmine está utilizando la enfermedad para hacer una toma hostil de Blackwood Holdings.
Alexei entrecerró los ojos.
—¿Y Jordan?
—Lo sedaron, lo declararon mentalmente incapaz y Jasmine tiene su tutela. Me acusó de secuestro cuando quise llevármelo a otro hospital, arrancó el teléfono de la pared, le niega el celular… lo tiene completamente aislado.
—Ya veo… —fue lo único que murmuró Alexei, porque lo último que había esperado era tener que salvarle el trasero al mismo hombre al que quería retorcerle el cuello por las humillaciones que había permitido contra una de sus hijas. Pero por desgracia sabía que la decisión final solo le podía corresponder a Katerina, así que él no iba a meterse en eso más allá de lo que ella le pidiera.
A su lado pasaban las luces de la ciudad, y cuando llegaron a la mansión Orlenko, Byron se sorprendió de lo carca que estaba de todo y a la vez, de lo privada que resultaba la propiedad.
En los escalones ya los esperaba Giulia, con un vaso de vodka en las manos y la mirada de una depredadora que acaba de ver a la presa. A su lado una señora mayor se paraba con paciencia.
—El vodka es para el cuerpo, el baño del cuarto de invitados es para el olor que traes en él —sentenció Giulia con tono educado, extendiéndole el vaso antes de mirar a la señora del servicio—. Mirtha te guiará, yo me encargaré de las llamadas difíciles.

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