CAPÍTULO 71. Derecho a una llamada
Mientras tanto, Jordan había empujado su silla de ruedas hasta la ventana, mirando al exterior con impotencia. Pero apenas el último vehículo salió de la propiedad, cuando Angela entró con expresión más determinada que furiosa, como si estuviera decepcionada por una traición suya o algo así.
Lo observó en silencio durante algunos segundos, luego empujó la silla violentamente hacia la cama y la balanceó hacia adelante para hacerlo caer en ella. Jordan usó la poca fuerza que todavía sentía en los brazos para acomodarse y darse la vuelta.
—¡Eres un maldito malagradecido! ¡Has tenido todo, toda tu vida! ¡Incluso pudiste tenerme a mí! —siseó Angela con rabia—. Pero en lugar de eso no dejas que tengamos un poco de dinero.
—Un desfalco de ciento cincuenta millones no es poco dinero.
—¿¡Hasta cuándo vas a estar recordándome eso!? —gritó ella furiosa.
—¡Hasta que asumas tu responsabilidad sin seguir justificándote en que era tu derecho!
—¡Es mi maldito derecho! —espetó Angela alejando la silla de ruedas de la cama y dirigiéndose a la puerta.
—Déjala donde está —escupió Jordan con tono amenazante, pero Angela no respondió, simplemente empujó la silla fuera del cuarto—. ¡Angela! ¡No te atrevas!
—No voy a dejar que la uses para escapar y arruinarnos la vida —gruñó ella saliendo de la habitación, y Jordan golpeó con el puño la mesita de noche que tenía más cerca.
—¡Vuelve aquí!
Pero la puerta volvió a cerrarse y él se quedó otra vez solo, pero esta vez ni siquiera tenía la posibilidad de intentar escapar.
Para el mediodía de verdad intentaba no desesperarse, y para la tarde por primera vez miró hacia el carrito de la comida que le habían dejado en la mañana. Su estómago rugía, y presentía que Jasmine no tendría ningún problema con que muriera de hambre, así que tomó uno de los sándwiches fríos y comió algo. El cansancio lo venció poco a poco, pero a media tarde el ruido de taladros lo hizo incorporarse de golpe.
En su habitación había dos hombres vestidos con uniforme técnico, abriendo huecos en las paredes por orden de Jasmine.
—¿Qué hacen ellos aquí? —gruñó Jordan con incomodidad.
Pero nadie le respondió. Los hombres comenzaron a medir las esquinas de la habitación, uno abrió una pequeña maleta de herramientas, y Jordan frunció el ceño.
—¿Qué están instalando?
Jasmine se quedó de pie junto a la puerta, inmutable.
—Un sistema de vigilancia.
Jordan tardó un instante en comprender.
—¿Qué?
Uno de los técnicos fijó una pequeña cámara en una esquina del techo mientras el otro hacía lo mismo sobre la puerta; y Jordan sintió un nudo en el estómago.
—¿Vas a poner cámaras de vigilancia en mi cuarto?
—Es por tu propio bien —replicó su madre con absoluta tranquilidad.
—¡¿Mi propio bien?!
—Necesito saber qué haces en todo momento —sonrió ella y Jordan la miró incrédulo.
—Ese informe también lo es, pero usted no quiere escuchar —gruñó Byron.
El agente negó con la cabeza.
—No me corresponde decidir eso.
Byron respiró profundamente para contenerse.
—No, lo que corresponde es que como oficial de la ley usted investigue cuando alguien le dice que está en peligro, pero es evidente que ni su trabajo sabe hacer.
—Pero al menos yo no soy el que está preso —sonrió el oficial—. Y solo para que lo sepa, la señora Jasmine Blackwood solicitó una orden de restricción en su contra. Acaba de ser aprobada.
Byron soltó una risa incrédula.
—Por supuesto. Ahora, si no le molesta, tengo derecho a una llamada, y quiero hacer uso de él.
El oficial apretó los puños con impotencia, porque ya había decidido de qué lado ponerse y por supuesto que el hecho de que alguien cuestionara esa decisión le caía pésimamente. Pero tenía que cumplir con el protocolo, no era opcional, así que aunque lo retrasó todo lo que pudo, en el momento en que Jordan amenazó con una queja, minutos después le acercaron un teléfono.
Marcó de memoria y esperó; y al tercer tono contestó una voz femenina.
“¿Sí?”
—Estoy detenido en la comisaría. Necesito que escuches sin interrumpirme.

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