CAPÍTULO 89. Órdenes de un general
Jordan abrió los ojos lentamente al sentir la luz de la mañana atravesar las cortinas de la habitación del hospital. Permaneció unos segundos inmóvil, escuchando el sonido constante de los monitores mientras intentaba identificar qué había cambiado. Entonces movió el pie derecho por pura costumbre... y sintió que los dedos respondían.
Se quedó completamente quieto. Volvió a intentarlo. Uno. Dos. Los cinco dedos obedecieron con una lentitud desesperante, pero obedecieron.
Una sonrisa incrédula apareció en su rostro, y después hizo lo mismo con el pie izquierdo. También respondía. No era mucho. Apenas unos movimientos torpes, casi imperceptibles, pero después de varios días sin sentir nada, aquello parecía un milagro.
A su lado, Jordan dormía despatarrado en el sofá de suite como si fuera un Frankestein armado a pedazos, y se cayó del susto cuando la puerta se abrió junto a él.
—¡¿Qué demon…?! —escandalizó, pero se quedó callado cuando vio al doctor parado frente a él con expresión amable.
—Buenos días, señor… acompañante. Hora de cambio de visita —le dijo y Byron se restregó los ojos, pasándose luego una mano por el cabello mientras la enfermera que acompañaba al doctor le hacía un guiño.
—No se preocupe, desaliñado a veces también es sexy —le dijo y Byron le abrió los ojos a Jordan como una muda advertencia de que aquel comentario debía ser olvidado ¡en el acto!
—Buenos días, señor Blackwood —añadió el médico girándose hacia su paciente—. Veo que hoy tiene mejor cara.
Jordan asintió.
—Y puedo mover los dedos de los pies.
El médico sonrió satisfecho, tomándose unos minutos para revidar la sensibilidad.
—Era exactamente lo que esperábamos. —Se acercó a revisar el historial electrónico antes de continuar—. La inflamación neurológica prácticamente ha desaparecido y la respuesta motora continúa mejorando. Sus análisis de esta mañana también son favorables.
Jordan respiró con más tranquilidad.
—Entonces...
—Puede marcharse a casa.
Aquellas cuatro palabras tuvieron un efecto casi físico.
—¿De verdad?
—Sí. A partir de este momento el tratamiento será ambulatorio. Va a tomar estas pastillas durante una semana para terminar de eliminar cualquier resto de la sustancia que permanecía en su organismo.
Escribió una receta y la enfermera la metió con diligencia dentro de un sobre antes de extenderla hacia… Byron.
—Su cuerpo necesita terminar el proceso de desintoxicación —continuó el doctor—. La recuperación no será inmediata, así que tendrá que ser paciente. Es posible que durante algunos días continúe sintiendo debilidad o pequeños episodios de hormigueo, pero todo indica que recuperará completamente la movilidad.
—Gracias doctor.
—No hay de qué, es mi trabajo. ¡Ah, y le mandaremos una fisioterapeuta para…!
—¡Un! —lo interrumpió Jordan—. Un fisioterapeuta, en masculino. Estoy a prueba con mi esposa, no me voy a arriesgar.
El médico apretó los labios para no dejar ir una burla merecida, pero terminó asintiendo.
—Perfecto, prográmala para mañana temprano, y para hoy en la tarde convoca una reunión extraordinaria de accionistas.
—¿Eso tampoco puede esperar?
—No.
Jordan tomó la carpeta con los informes médicos y la metió en un bolsillo lateral de su silla, como si necesitara tener esos resultados a mano.
—Mientras yo estaba paralizado alguien intentó robar una empresa, declarar incapaz a su presidente, apropiarse del patrimonio familiar y encubrir un asesinato. La junta va a tener que explicarme qué mierd@ fue eso de “lo vamos a pensar” —siseó—. No había una mierd@ que pensar.
Levantó la mirada y Byron comprendió que no iba a hacerlo cambiar de opinión. Y aunque él también quería que su primo cumpliera con el reposo establecido, sabía que lo que había pasado era una soga al cuello que todavía no lo dejaba respirar bien.
—OK, convocaré la junta. ¿Algo más? —preguntó concentrado.
—Sí, dile a los abogados que quiero dos demandas civiles —siseó Jordan con un tono tan gélido que Byron emepzó a entender el concepto de “establecer un maldito ejemplo”—. Una demanda irá contra el hospital donde me retuvo el doctor Collins, la otra contra el departamento de policía de Nueva York. Ambas por negligencia y negación a prestar ayuda.
Byron silbó por lo bajo, porque se acordaba muy bien de que Jordan había memorizado el nombre de aquel policía, pero antes de que pudiera acotar algo al respecto, este añadió:
—¡Ah! Y averigua dónde está Katerina. Si se queda en su departamento del centro o en la mansión de sus padres.
—¿Y cómo se supone exactamente que averigüe eso? —lo increpó Byron frunciendo el ceño, y Jordan lo miró con una sonrisa sarcástica.
—Deja que Giulia te muerda el cuello otra vez.

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