CAPÍTULO 91. Un hogar
Katerina se derrumbó en el sofá con cansancio, quizás eso era cierto. Jordan venía de encierro, de impotencia, de frustración y de gente que había tratado de asfixiarlo, no iba a dejar pasar eso con tanta facilidad.
—Los lobos no trabajan para el circo —murmuró con una sonrisa comprensiva y Ángel rio del otro lado.
“Pero un lobo decente aprende de sus errores. Quizás no sea del todo descabellado que queme el mundo en el proceso”.
Pero antes de que Katerina pudiera responder, sonó el timbre del apartamento y ella levantó la cabeza.
—Te llamo en un rato. ¿OK?
Esa fue toda la despedida mientras caminaba hasta la puerta. Se detuvo un momento junto a la mirilla, pero del otro lado no había nadie, solo un enorme ramo de orquídeas blancas descansando cuidadosamente frente a la puerta.
Katerina se quedó inmóvil unos segundos, porque solo veía flores y eso definitivamente la hacía desconfiar, pero cuando abrió la puerta dio un respingo, porque junto detrás del ramo estaba la cara absolutamente sonriente de Jordan.
Venía sentado en su silla de ruedas, con una expresión entre nerviosa y divertida, y ella parpadeó un par de veces antes de negar con la cabeza, porque algunas piezas encajaron de pronto.
—Así que quien llenó mi edificio de orquídeas fuiste tú.
Jordan levantó ligeramente una mano a modo de saludo.
—Culpable. ¡Pero técnicamente, es el edificio de muchas personas, tú solo ocupas un piso! Lo considero servicio a la comunidad.
—¿Me estás dando una explicación o te defiendes frente a un tribunal?
—Depende, ¿te gustaron las flores o amaneciste con el látigo en la mano? —respondió Jordan extendiéndole la maceta que llevaba y ella la tomó con suavidad—. No quería parecer invasivo... bueno, sí, un poco invasivo, porque claramente estoy en la puerta de tu apartamento, pero quería que las tuvieras.
—Así que te pareció menos drástico mandar cien macetas que poner tu nombre en la tarjeta de una —murmuró Kat con ironía.
—¡Hoy traigo solo una! —respondió—. Sé que prefieres las orquídeas vivas antes que los arreglos florales.
Kat pasó saliva mientras le hacía espacio para que entrara.
—Así que sí sabías cosas sobre mí.
Jordan sonrió apenas. No era una sonrisa orgullosa, era una llena de arrepentimiento.
—Siempre supe lo que te gustaba —murmuró respirando hondo—. Simplemente te di por sentada. Y eso fue lo que realmente destruyó nuestro matrimonio. Creí que no te irías, que me querías lo suficiente, que me debías lo suficiente como para quedarte aunque yo no fuera mi mejor versión…
Katerina sintió un pequeño nudo en el pecho. No esperaba escucharlo admitir aquello con tanta claridad, pero eso no bastaba.
—La presencia no siempre es amor, Jordan —replicó ella—. Debiste saberlo desde el momento en punto en que tú estabas ahí, y no lo dabas.
Jordan asintió despacio, encajando en golpe sin intentar justificarlo. Katerina puso las flores sobre una mesa cercana, pero aunque la puerta estaba abierta él no se atrevió a entrar. El departamento era pequeño comparado con la mansión Blackwood, pero aun así era enorme y cálido.
Había libros. Plantas. Una manta doblada sobre el sofá. Tazas de café olvidadas sobre una mesa auxiliar, una media colgada de una lámpara, como si se la hubiera quitado demasiado aprisa y Jordan solo pudo imaginarla saltando de un pie a otro. No tenía nada que ver con la perfección impecable que su madre le había exigido a Katerina en su propia casa; una exigencia que él mismo había permitido. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que al otro lado había un hogar y no una propiedad.


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