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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 96

CAPÍTULO 110. La verdad en un sobre

La puerta del consultorio cerrada no era el mayor indicio de peligro, la impotencia en el rostro de Jordan lo era, y Katerina no cometió el error de interrumpirlo mientras daba instrucciones con una precisión que solo aparecía cuando la situación se volvía realmente peligrosa.

¿Que podía ser un completo idiota? Eso no estaba en discusión. Pero también era el hombre que sabía manejar crisis en medio de un país en guerra y cargarla por seis kilómetros de zonas destruidas y despliegues de militares.

Así que cuando su ropa estuvo acomodada, se levantó lentamente de la silla porque sabía que él ya tenía todo bajo control.

—Jordan —lo llamó y él alargó la mano hacia ella, sujetando la suya mientras terminaba la llamada, y Kat no le preguntó qué estaba pasando, solo esperó.

Durante un segundo Jordan pareció debatirse entre protegerla de la verdad o decírsela, pero terminó eligiendo una compañera y no una víctima.

—Mi madre desapareció del hospital. —Su mandíbula se tensó mientras siseaba cada palabra, y Katerina abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Byron acaba de confirmar que ya no está en la habitación, y eso no es lo peor de todo —espetó, intentando controlar la rabia.

—Sorpréndeme —le dijo Kat.

—De los dos policías que la custodiaban, uno está muerto y el otro desaparecido…

—Y Angela está afuera, y el policía muerto fue asesinado de un disparo —Terminó Katerina y Jordan frunció el ceño tratando de entender cómo lo había sabido.

—¿Cómo…?

—Angela debió tener dinero guardado del desfalco —murmuró Kat—. Quizás no perdió tanto en la venta de las propiedades como dijo. Y no hay un policía muerto y otro desaparecido, hay un policía asesinado por su compañero, y ese compañero seguramente recibiendo el dinero del soborno con que Angela le pagó para que Jasmine pudiera escapar.

Y Katerina sabía lo que aquello significaba, las dos estaban otra vez juntas.

—Estamos bajo amenaza —murmuró y Jordan acarició sus hombros.

—No voy a mentirte diciendo que no serían capaces de atacarnos —sentenció—. Pero ninguno de nosotros está solo ahora.

Kat asintió, aceptando su abrazo momentáneamente, y diez minutos transcurrieron con una lentitud insoportable. Afuera se escuchaban pasos constantes, personal médico, guardias, enfermeras… hasta que alguien llamó tres veces a la puerta.

—¡Idiota, ya llegué!

La voz era perfectamente reconocible, y Jordan abrió inmediatamente para que entrara Ángel, acompañado por cuatro hombres vestidos de civil que, a simple vista, podían confundirse con cualquier visitante del hospital.

Pero la manera en que observaban cada pasillo dejaba claro que no eran simples acompañantes.

—Ya me contaron lo que pasó —dijo abrazando a Kat y saludando a Jordan con un apretón rápido de manos—. ¿Dónde los pongo?

—Necesito que lleves a Kat a la mansión Orlenko —sentenció Jordan—. Encárgate de que no salga de un perímetro seguro, es muy terca.

Katerina lo miró como si quisiera asesinarlo, pero había una ternura especial eso de que ordenara protegerla.

—¿Qué vas a hacer tú? —preguntó y lo vio apretar los puños con impotencia.

—Yo voy a ocuparme de encontrar a mi madre —declaró Jordan y por un momento katerina quiso intervenir, decirle que no decidiría por ella, que sabía cuidarse sola y que no diera órdenes como si ella no existiera, pero terminó mordiéndose la lengua y haciéndole un gesto leve de afirmación.

—Pensé que las pruebas de paternidad de Emerson las habían hecho en otro laboratorio —dijo y Katerina negó.

—Sí.

—Esto no tiene nada que ver con Emerson —le explicó ella sin entrar en detalles—. ¿Recuerdas el día que entraste por la ventana de la casa Blackwood?

Él sonrió.

—Recuerdo que además de poner cámaras adicionales también me hiciste asaltar dos cepillos de pelo.

—Exacto, y todo eso lo envié aquí. Hay algo que no me cuadra en ese amor desbordado de una madre por una hija adoptada, mientras trata de matar a su propio hijo para quitarle toda su fortuna —murmuró ella pensativa. Así que necesitaba todas las respuestas posibles.

En ese momento la recepcionista volvió a aparecer con un sobre grande de color crema perfectamente sellado.

—Señora Orlenko. Aquí tiene.

Le entregó el sobre, Katerina firmó el recibo y la mujer los dejó a solas con aquel resultado.

Kat rompió cuidadosamente el sello y sacó un informe tan ligero como letal. Sus ojos comenzaron a recorrer las líneas. Una. Dos. Tres veces. Y el color desapareció lentamente de su rostro.

—¿Kat? —Ángel dio un paso hacia ella—. ¿Estás bien?

Y la vio asentir con expresión consternada.

—Sí, estoy bien… y creo que por mucho tiempo seré la única en estarlo.

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