—¿Un día? —Piero la miró con una sonrisa burlona—. Está bien, te doy un día. Si mañana no lo resuelves, no me eches la culpa si pierdo la paciencia.
Dicho esto, sin darle a Macarena oportunidad de decir nada, Piero se dio la vuelta y se marchó, molesto.
Macarena se quedó callada.
En realidad, ella quería platicar bien con Piero, pero gracias a la intervención de Teresa, ya no había posibilidad de arreglarlo en ese momento.
Al ver que Piero se alejaba, Teresa la miró con una expresión de falsa modestia y le dijo:
—Macarena, deberías ir a pedirle disculpas al señor Gómez. Intenta convencer al señor Torres de aceptar la inversión del Grupo Gómez. Escuché que el señor Gómez siempre ha querido trabajar con UME, y tú eres tan guapa, seguro que al verte cambia de opinión.
Macarena apenas pudo contener una mueca.
Sí estaba algo molesta, pero como acababa de llegar y no había tratado mucho con ellos, no sabía si Teresa de verdad quería ayudar o si lo hacía a propósito para meterle más presión.
Al final, Macarena prefirió no engancharse y contestó con cortesía:
—No te preocupes, Teresa. Déjame encargarme a mí, yo lo resuelvo.
Pero Teresa frunció el ceño como si se sintiera herida.
—¿Eso qué significa, Macarena? ¿Te molesta que me meta donde no me llaman?
Sin esperar respuesta, soltó como dándose la razón a sí misma:
—Ya lo sabía, la verdad no debí abrir la boca.
Con eso, Teresa dejó de prestarle atención, regresó a su lugar y siguió trabajando, con el aire de quien se siente incomprendida y traicionada.
Macarena solo pudo suspirar.
...
Justo cuando estaba tratando de calmarse, escuchó un alboroto cerca de la entrada.
La recepcionista llegó corriendo y, con voz emocionada, le avisó:
—Macarena, hay un chico guapísimo buscándote.
Al decir “guapísimo”, el rostro de la recepcionista se puso rojo de la emoción.
Macarena, intrigada, la siguió hasta la entrada. Desde lejos, pudo ver a un hombre de traje y chaleco, lentes dorados y una enorme cantidad de rosas entre los brazos. Era Benicio.
Benicio tenía una rosa entre los dientes, y pese a lo exagerado de su atuendo, se veía relajado y elegante, como si estuviera desfilando en una fiesta.
Macarena asintió:
—Acepto.
Apenas lo dijo, algo le pareció extraño, pero no supo precisar qué era.
Antes de que pudiera analizarlo, Benicio le sonrió aún más y comentó:
—Sabía que la señorita Molina era de decisiones firmes. Entonces, ¿firmamos el contrato? Guíame, por favor.
Al mencionar el contrato, Macarena dejó de lado la incomodidad que sentía. Dejó el ramo de rosas en la recepción, sacó el contrato que ya tenía listo y lo llevó con Benicio a la sala de descanso.
Ella pensó que, como otros inversionistas, él revisaría cada detalle y pondría mil condiciones, pero Benicio solo le dio una mirada rápida y firmó sin dudar.
Macarena no pudo evitar decir:
—¿Así de fácil?
Benicio soltó una risa baja.
—Si la señorita Molina me trajera una propuesta de matrimonio, la firmaría con más gusto todavía.

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