—¿…?
Cuando vio a Fermín acomodarse en el asiento del conductor, Macarena dudó un momento, pero al final abrió la puerta trasera y se sentó con discreción.
No era frecuente que ella se subiera al carro de Fermín.
Sin embargo, una vez que había intentado abrir la puerta del copiloto, se topó con un letrero pegado justo enfrente que decía: “Asiento exclusivo de Abi, prohibido para extraños”.
Macarena nunca supo si Fermín lo había colocado, o si fue idea de Abril.
Pero, de cualquier forma, el letrero seguía ahí, lo que dejaba claro que Fermín lo aceptaba.
El asiento del copiloto estaba reservado solo para Abril.
Incluso ella, siendo su esposa, era considerada una extraña.
Fermín la miró por el retrovisor cuando notó que se sentó atrás, pero no le dijo nada, solo se limitó a advertir:
—Ponte el cinturón.
Luego encendió el carro y arrancó.
Durante todo el trayecto, Fermín no dijo palabra y Macarena tampoco supo qué decir.
El silencio llenó el interior del carro.
Pasados unos quince minutos, se detuvieron frente a un parque de diversiones.
Fermín bajó.
Macarena, con el ceño fruncido, lo siguió y bajó también.
—¿Y ahora qué vamos a hacer aquí? —preguntó con duda.
Fermín, directo, respondió:
—Venimos a divertirnos.
Macarena se quedó callada, sin saber qué pensar.
—Me acuerdo que una vez dijiste que te gustaría venir al parque en la noche. Esta vez te acompaño, para que puedas disfrutarlo todo lo que quieras —añadió Fermín.
Solo entonces Macarena notó que las atracciones seguían funcionando.
El carrusel de luces del parque, que debería haber parado a esa hora, seguía girando bajo el cielo nocturno, brillando con intensidad, aunque con un aire de soledad.
Ese era el parque de diversiones más grande de Rivella. Durante el día, siempre estaba lleno de gente. Recordó que una vez había ido con Lea y les tocó hacer fila por tres horas.
Con esa respuesta, Macarena dejó de vacilar y entró al parque.
Sin filas que hacer, pudo subir a cada juego con rapidez; en menos de una hora, ya había probado casi la mitad de las atracciones.
Desde el carrusel que les encantaba a los niños, pasando por la rueda de la fortuna que todos los enamorados querían, hasta la montaña rusa más intensa.
No solo ella se subía; arrastraba a Fermín a cada juego.
Pero Fermín tenía miedo a las alturas. Cuando bajó de la rueda de la fortuna, tenía el rostro pálido.
A la hora de la montaña rusa, ni con ruegos se animó a subir.
Macarena no lo forzó: se trepó sola y dejó que el operador ajustara su arnés y el cinturón de seguridad.
En pocos segundos, la montaña rusa empezó a avanzar.
Fermín, de pie tras la reja, observaba la silueta de Macarena en el vagón y escuchaba su risa, clara y vibrante. Por un momento, quedó absorto.
Hacía mucho que no la veía reír así.
Y, extrañamente, escuchar su alegría le provocó una sensación agradable en el pecho.

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