Al escuchar su respuesta, Macarena por fin obtuvo la certeza que le faltaba.
Así que él de verdad no tenía idea de que ya habían firmado los papeles del divorcio y que en cualquier momento les entregarían el certificado.
Incluso pensaba que ella seguiría haciendo cosas por la familia Molina.
Una sonrisa amarga asomó en sus labios.
Igual que durante todos estos años de matrimonio: el dolor solo lo sentía ella, la confusión era solo suya.
Fermín no sabía nada de eso, o tal vez, simplemente no le importaba.
A veces Macarena se preguntaba si entre ella y Fermín no habría algún malentendido.
Pero justo ese día entendió que eso de los malentendidos solo era una forma bonita de decir que a él no le interesaba.
Si de verdad le importara, sabría de los conflictos entre ella y la familia Molina, sabría que ella jamás volvería a ayudarlos.
Tal vez, entonces, se habría detenido a revisar el documento que ella le entregó, y descubriría que lo que tenía en sus manos era un acuerdo de divorcio.
Pero ya no había nada que explicar.
Esperar a Fermín era como esperar que una lancha aterrizara en el aeropuerto.
Quizá ninguno de los dos estaba equivocado, pero entre ellos siempre existía esa desincronía, como si nunca estuvieran en el mismo lugar al mismo tiempo.
Al notar que ella se quedó callada y con el semblante apagado, Fermín no insistió más y solo preguntó, cada vez más desconcertado:
—¿Y para qué me sales con esas cosas que ni al caso?
Macarena negó despacio, con una sonrisa que no llegó a los ojos.
—Nada, es cierto, no tiene importancia.
Lo mismo podría decirse de los cinco años que llevaba con Fermín: al final, todo fue sin importancia.
Incluso el divorcio, para él, era algo sin relevancia.
No dijo nada más. Se giró y regresó a la habitación.
El celular vibró de nuevo. Era otra solicitud de amistad de Abril.
Esta vez, Macarena no la rechazó. Aceptó la solicitud sin más.
Apenas la agregó, le mandó un mensaje.
[Fermín está conmigo.]
Abril estaba empeñada en quedarse con Fermín.
Si ella le avisaba a Abril que Fermín estaba ahí, seguro encontraría la manera de hacer que él volviera.
Y Fermín, sin duda, le haría caso.
Fermín se marchó y manejó de regreso a la casa de la familia Gómez.
En el camino, recibió la llamada de Abril.
Abril pensaba en el mensaje que Macarena le había enviado hace un rato y no podía evitar sentirse irritada.
Sin embargo, su voz sonó tan suave como siempre.
—Fermín, ¿dónde estás ahora? Quiero contarte cómo va el proyecto.
Fermín revisó la hora y arrugó un poco la frente.
—¿Tan tarde y todavía sigues en la oficina?
Abril respondió:
—Es el primer proyecto importante que me encargaste, no quiero fallarte. ¿Ya regresaste a la casa? Si quieres, voy para allá.
—Mejor no. Hoy la abuela celebra su cumpleaños, tengo que pasar por la familia Gómez—le contestó Fermín—. Regresa a descansar, no te vayas a desvelar.
Abril dejó escapar una risa suave, llena de dulzura.
—Yo estoy feliz de ayudarte, no me pesa nada.
—Si la abuela necesita algo, puedes decírmelo. Me gustaría ayudarla también.

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