Macarena sacó el celular del bolso y vio en la pantalla las letras que formaban “Fermín”, brillando insistentes.
Dudó un instante; justo cuando iba a contestar, el timbre se cortó de golpe.
Sin pensarlo, devolvió la llamada. Solo sonó dos veces antes de que la cortaran.
De inmediato, llegó un mensaje.
[Perdón, Macarena, soy yo, Abril. El teléfono era mío.]
[Quería pedirte tu pijama prestada, pero ya no hace falta, Fermín me prestó la suya.]
Macarena leyó ese mensaje y, aunque parecía normal, no pudo evitar notar el tono retador oculto entre palabras.
Se limitó a sonreír.
Por dentro, sentía una calma absoluta, como si ya nada pudiera sacudirla.
Abril ya le había mandado mensajes similares antes. Siempre con esa apariencia de cortesía, pero aprovechando cualquier oportunidad para provocarla.
En otras ocasiones, Macarena había intentado platicar de ello con Fermín, pero cada vez que insinuaba algo sobre las intenciones de Abril, él solo se molestaba, acusándola de estar exagerando.
Ahora, a punto de divorciarse de Fermín, pensó que al final, los dejaría ser. Si uno puede ceder hasta a las personas, ¿qué importa una simple prenda?
Respondió simplemente [Está bien], apagó el celular y siguió con el trámite del divorcio.
La atendió una joven, que por rutina intentó convencerla de reconsiderar su decisión.
Macarena guardó silencio y sacó unas fotos que había reunido con el tiempo: Fermín y Abril juntos, posando sonrientes. Imágenes que tanto Abril como los amigos de Fermín le habían hecho llegar.
Fermín, como siempre, aparecía con el gesto serio, pero Macarena podía notar la felicidad en sus ojos.
Recordó cómo, en su relación, ella también le había propuesto tomarse una foto juntos. Fermín siempre encontraba excusas —que era una molestia, que mejor no— y cada vez que ella sacaba el celular, él se apartaba de la cámara sin pensarlo.
Ni siquiera tuvieron sesión de fotos de boda. Incluso en la foto del acta de matrimonio, Fermín había pedido que alguien hiciera un montaje.
Había demasiadas pruebas de que Fermín no la quería.
Si la joven tuviera tiempo, Macarena podría contarle historias durante tres días seguidos, sin repetir ninguna. Pero solo mencionó unas pocas cosas, y bastó para que la mirada de la muchacha cambiara; ya no intentó convencerla más.

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