Dentro del lujoso carro, estacionado en el sótano.
Ernesto estaba sentado al volante, sintiendo las manos sudorosas por los nervios.
A través del espejo retrovisor, echó un vistazo hacia atrás para ver a Fermín.
Desde que se subieron al carro, Fermín no había dicho ni una palabra. Su cara era un enigma; ni una sola pista sobre lo que estaba pensando.
Ese ambiente denso y opresivo lo ponía mucho más nervioso que si Fermín hubiera explotado y lo hubiera regañado a gritos.
Ya se había enterado de lo que pasó en la fiesta de cumpleaños. Macarena anunció su divorcio con Fermín delante de todos y, sin perder el tiempo, habló de su nuevo novio. Y no solo eso: la abuela le entregó las acciones a Macarena.
Lo del divorcio, ni se diga.
Ernesto pensaba que esa expresión de Fermín tenía que ver con el asunto de las acciones.
En el fondo, entendía cómo se sentía Fermín.
Después de tanto esfuerzo, de sembrar durante años y esperar por el fruto, para que al final llegara otro y se llevara la mejor parte... a cualquiera le fastidiaría.
Sin embargo, tratándose de Macarena, con quien Fermín compartió cinco años de relación, Ernesto creía que aún había manera de dialogar.
Después de pensarlo un poco, se animó a preguntar con cautela:
—Señor Gómez, ¿por qué no platica otra vez con la señorita Molina?
Él estaba convencido de que Macarena no era una persona injusta ni de las que se quedan tranquilas adueñándose de lo ajeno; si aceptó las acciones, debía tener sus razones.
Fermín, con la mirada perdida, observaba por la ventana. Parecía sumido en sus pensamientos.
Al oír la voz de Ernesto, al fin reaccionó, como si apenas hubiera regresado al presente.
Apretó el puño y, con una risa amarga, respondió:
—¿Para qué? ¿Qué se supone que tengo que hablar con ella?
El matrimonio ya se acabó.
Él creía que solo era un arranque, un berrinche más.
Nunca imaginó que, desde hacía un mes, ella ya estaba planeando el divorcio.
Macarena, sí que supiste esconderlo bien.
Mientras más lo pensaba, más sentía el pecho apretado, como si una piedra enorme le impidiera respirar.
Con voz baja, Ernesto insistió:
—Después de cinco años juntos, la señorita Molina no puede ser tan insensible. A lo mejor solo fue un impulso. Si usted se baja un poco de su orgullo y admite algún error, tal vez ella cambie de opinión.
Pensaba que Macarena había aceptado la herencia de la familia Gómez más como una manera de demostrarle algo a Fermín y a Abril.
Últimamente, Fermín se había pasado con todo lo que hizo por la señorita Cordero.
Al escuchar eso, Fermín soltó una risa incrédula:
—¿Ahora resulta que tengo que pedirle perdón?
Ella planeó el divorcio desde hace un mes y lo mantuvo engañado todo ese tiempo. ¿Y ahora él es el culpable, el que debe disculparse?
—Ni pensarlo —respondió Fermín, tajante.
Se acabó.
Que le pida perdón, solo si perdiera la razón.
Ernesto, que conocía el carácter de Fermín después de tantos años a su lado, no se sorprendió por su respuesta tan seca.
Aun así, murmuró, tratando de convencerlo:
—Señor Gómez, a veces hay que saber ceder un poco. Esta es una situación delicada, irse de frente no ayuda en nada.
Fermín se quedó pensativo un instante.
—Además, la señorita Molina es de corazón blando. Antes estaba completamente enamorada de usted. Si se disculpa y lo platican, seguro acepta —añadió Ernesto.
Estaba convencido de que Macarena no buscaba la fortuna de la familia Gómez. Si de verdad le interesara el dinero, no se habría marchado sin nada.

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