Ella sí sabía manejar, pero a veces, cuando él se quedaba en la casa vieja y no podía volver, igual lo esperaba afuera de la empresa para irse juntos en el mismo carro.
Al escuchar esto, Macarena también lo recordó.
En aquel entonces, le gustaba mucho Fermín, pero como pasaban poco tiempo juntos y no se atrevía a buscarlo tan de frente, siempre buscaba la manera de coincidir con él aunque fuera un rato, sentarse a su lado, aunque no cruzaran ni una palabra. Con eso, ella ya se sentía feliz.
Macarena se burló de sí misma por dentro.
Al pensar en cómo, no hace mucho, Fermín había mencionado lo del bebé, preguntó con voz calmada:
—Entonces, ¿esto es tu forma de compensarme por haber perdido a mi hijo?
No se le ocurría otra razón por la que Fermín haría algo así.
Fermín apretó los labios.
No era eso.
Solo que, sin poder explicarlo, sentía la necesidad de darle ese gesto. Quería conocerla más.
No supo cuándo, pero se dio cuenta de que en el fondo no la conocía tan a fondo como pensaba.
Como él no dijo nada, Macarena soltó una risita llena de ironía:
—Fermín, te lo he dicho, si no metes a Abril a la cárcel y haces justicia por mi hijo, no voy a aceptar ningún tipo de compensación.
Su hijo ya había muerto, ¿y el responsable pretendía calmar su culpa con un simple gesto?
Eso era demasiado cómodo.
—No me sigas más —dijo Macarena, dándose la vuelta para irse.
Por impulso, Fermín le tomó la muñeca.
Iba a decir algo cuando, en ese momento, un carro deportivo rojo descapotable se detuvo junto a los dos.
Macarena giró la cabeza y vio a Benicio en el asiento del conductor.
Llevaba gafas oscuras, un traje plateado, y su cabello corto se movía con el viento, dándole un aire relajado y seguro de sí mismo.
—Hola, novia —dijo Benicio, empujando los lentes hacia la frente y guiñándole un ojo.
A Fermín se le endureció la expresión.
—Tu ex esposo también anda por aquí —añadió Benicio—. Pero bueno, ya están divorciados, así que lo mejor es que cada quien mantenga su distancia, ¿no crees, señor Gómez?
Fermín ni se molestó en contestar, pero su mirada se volvía cada vez más oscura.
Benicio no se inmutó, bajó del carro, rodeó el cofre y abrió la puerta del lado donde estaba Macarena.
Notaba el enojo de Fermín, así que intentó tranquilizarlo:
—Antes, por culpa de la señorita Cordero, usted lastimó muchas veces a la señorita Molina. Ese dolor se fue acumulando, como gota de agua que termina por romper la piedra. Sanar y reconstruir una relación así, también toma tiempo.
Fermín soltó una risita amarga:
—¿Lastimar? ¿Yo acaso fui tan cruel como ella? ¿Tuve la desfachatez de estar con otra persona delante de ella...?
Se detuvo, al notar la mirada que Ernesto le lanzaba.
Ernesto sabía que Fermín ya se había dado cuenta.
Lo que él hizo fue mucho peor.
Para forzar el divorcio, no dudó en dejarse ver con otras mujeres, hasta inventar chismes sobre sí mismo.
Incluso, a propósito, buscaba que Macarena lo viera cerca de otras mujeres.
Y lo peor de todo: hace un mes, en aquel accidente, él había salvado a Abril delante de Macarena.
Pensando en eso, Fermín apretó los labios, se giró hacia el carro y murmuró:
—Vámonos.

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