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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 244

Fermín entró por la puerta y de inmediato notó el mal humor de Abril. Lisa, de pie frente a ella, mantenía la cabeza tan baja que casi parecía una niña que había cometido una travesura. Las dos estaban junto al acuario de la sala, donde los peces se veían apagados, sin fuerzas; una de las arowanas rojas yacía panza arriba, sin vida.

Recordó de golpe que esa era la favorita de Macarena, la que siempre cuidaba con tanto esmero.

Fermín arrugó el entrecejo, con un tono cortante preguntó:

—¿Qué pasó aquí?

Al escuchar su voz, el cuerpo de Lisa tembló de inmediato.

Abril también se sobresaltó, no esperaba que Fermín regresara a esta hora.

Hasta hace poco, Abril solía darles de comer a los peces cada que se acordaba, pero en los últimos días, su ánimo había estado por los suelos y simplemente los había descuidado. Cuando por fin se asomó al acuario esa tarde, ya era tarde: uno de los peces había muerto.

El asunto podía ser grave o quedar en nada, dependiendo de cómo se manejara. Abril pensaba usarlo para presionar un poco a Lisa, pero la repentina llegada de Fermín la dejó fuera de balance.

Reflexionó rápidamente y, con voz suave, intentó intervenir:

—Fermín, deja que yo me encargue de esto...

—Vete a tu cuarto. Esto no tiene nada que ver contigo —la interrumpió Fermín, con la mirada igual de dura que su tono.

Abril quiso replicar, pero la expresión de Fermín —tan distante y con esos ojos oscuros que parecían a punto de explotar de rabia— la hizo retroceder. No se atrevió a quedarse un segundo más y se fue en silencio a su habitación.

...

—¿Qué era lo que Macarena hacía siempre? —Fermín miró a Lisa, sin ningún atisbo de paciencia.

Sabiendo que ya no podía ocultar nada, Lisa contestó con voz débil:

—Era ella quien alimentaba a los peces.

Al ver la reacción de Fermín, se apresuró a levantar las manos, como si quisiera defenderse:

—Pero fue la señorita Molina quien quiso hacerlo, le gustaba mucho, yo no le obligué ni nada.

—¿Solo alimentarlos? —replicó Fermín, con la vista fija en el acuario, donde el agua lucía turbia, con algas por todos lados, y los pocos peces que quedaban apenas se movían.

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