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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 259

Ernesto tartamudeó:

—Señor Gómez, escuché por los de la caseta de seguridad que la señorita Cordero ya estaba aquí desde hace dos horas.

—Intentaron convencer a la señorita Cordero de que se fuera, pero ella insistió en terminar su trabajo antes de regresar.

Al decir esto, Ernesto parecía igual de sorprendido.

Siempre había pensado que el señor Gómez era bastante intenso con su trabajo, muchas veces desatendía su salud por cumplir con sus responsabilidades.

Jamás imaginó que la señorita Cordero podía ser todavía más dedicada.

Eso le provocó una punzada de vergüenza.

—Está bien, ya lo sé —suspiró Fermín.

Después de pensarlo un momento, decidió llamar a Abril Cordero.

Ella contestó enseguida.

Fermín eligió sus palabras con cuidado.

—Me dijeron que estás en la oficina.

Abril soltó un suspiro resignado.

—La verdad, no quería que te enteraras. Mira nada más, igual y hasta allá llegó el chisme.

—No te preocupes por mí. Apenas termine, me voy a casa.

Fermín se quedó en silencio, con sentimientos encontrados.

Abril adivinó su silencio y rio suavemente.

—No tienes por qué sentirte mal, de verdad. Solo quiero terminar mis pendientes, no lo hago por ti ni estoy tratando de molestarte.

Fermín lo sabía.

Abril siempre había sido muy profesional.

Justo por eso, no podía dejar de preocuparse.

Era muy tarde, estaba sola, y además, su salud nunca había sido la mejor. Si pasaba algo...

—Bueno, yo sigo con lo mío. Descansa temprano, cuida tu salud —dijo ella, cortando la llamada antes de que Fermín pudiera responder.

Abril dejó el teléfono a un lado y se recostó en la silla.

Miró el celular y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

A los pocos segundos, le llegó una notificación de Eduardo Reyes:

[Abri, Fermín va para allá contigo.]

Al leerlo, la sonrisa de Abril se hizo más evidente.

No respondió. Enseguida, Eduardo volvió a escribir:

En la mesa de la sala había un tazón de sopa para la resaca.

Debajo, una nota breve:

[Estoy en la azotea.]

Solo eso. Cuatro palabras.

La letra era elegante y clara.

La sopa seguía caliente, así que debía de haberla preparado hace poco.

Siguiendo la indicación, Macarena subió las escaleras hasta la azotea y empujó la pesada puerta.

El viento soplaba suave, trayendo consigo una brisa fresca.

Pero lo que vio al llegar le hizo temblar el corazón y sentir un escalofrío recorrerle la espalda.

A unos metros, Benicio estaba de espaldas, sentado justo al borde de la azotea, vestido apenas con una camisa delgada que el viento agitaba sin piedad.

Su figura se veía frágil, y ahí estaba, relajado, colgando las piernas en el límite de un vacío de treinta y dos pisos.

Un simple resbalón y no habría marcha atrás.

Si fuera otra persona, tal vez Macarena no se habría alarmado tanto.

Pero siendo Benicio, no pudo evitar recordar la cicatriz en su muñeca, esa marca que había visto tiempo atrás y que nunca pudo olvidar.

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