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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 258

Macarena no alcanzó a rechazar la llamada; antes de que pudiera decir una palabra, ya le habían colgado.

Escuchó el tono intermitente en el auricular, suspirando con resignación.

—Pues que vaya a recogerme si quiere —murmuró, encogiéndose de hombros—. De todos modos, yo no estoy en casa.

Pero después de esa llamada, el sueño se le esfumó. Se quedó unos segundos mirando el techo, sintiendo cómo el insomnio la envolvía poco a poco.

Se sentó en el sofá, inquieta. El licor que había tomado en la noche le dejó la boca seca. Se sirvió un vaso de agua, bebió un poco y, pensándolo mejor, llenó otro vaso. Caminó en silencio hacia la recámara, procurando no hacer ruido.

Benicio Oliva seguía dormido, o eso parecía. Respiraba con cierta agitación, el cuerpo tendido sobre la cama. Su rostro sereno, los labios apretados y las facciones bien definidas lo hacían ver hasta vulnerable. Notó que las orejas se le habían puesto un poco rojas, y la respiración se le escuchaba irregular.

Macarena se acercó, atenta.

Contó los segundos entre cada respiración. Algo no le cuadraba. ¿Y si le pasaba algo? Nunca había visto a Benicio tan afectado por el alcohol. Justo cuando pensaba si sería mejor llamar a un médico, notó que la cara de Benicio tenía un rubor extraño, demasiado intenso.

¿Estaría con fiebre?

Estiró la mano, dispuesta a tocarle la frente para comprobarlo.

Pero antes de llegar a su objetivo, una mano le sujetó la muñeca de improviso. Sintió cómo el mundo se le daba la vuelta y, en menos de un parpadeo, ya estaba tendida en la cama, atrapada entre las sábanas y el peso de Benicio sobre ella.

Él le inmovilizó las manos con firmeza, acercándose peligrosamente.

Benicio soltó una risita y, sin previo aviso, mordió levemente su dedo.

—¿Te preocupas por mí? —susurró, con una voz que parecía arrastrar promesas y secretos, el olor a alcohol mezclado con su aliento cálido la envolvía, haciéndola estremecer.

—Yo... mientras estés bien... —balbuceó Macarena, y se sorprendió a sí misma al notar lo suave y dulce que sonaba su voz, casi como una súplica.

Benicio apretó los labios, divertido.

—Tranquila, estoy bien.

Se inclinó un poco más, sus ojos fijos en los labios de ella.

—Pero creo que la que va a meterse en problemas ahora eres tú.

La mirada de Benicio descendió hasta la boca de Macarena, acortando la distancia entre ambos.

Por un instante, la mente de Macarena se desconectó del mundo. El ambiente en la habitación se volvió sofocante, el aire cargado de tensión y deseo. Los dos terminaron cubiertos por una fina capa de sudor.

Miró la hora: ya eran las cuatro de la madrugada.

¿Quién podría estar ahí a esa hora? ¿Un ladrón?

No podía ser. La seguridad del Grupo Gómez era estricta, las alarmas conectadas directamente con la policía. Si alguien intentaba entrar por la fuerza, ya habría una patrulla afuera.

Sin perder tiempo, contactó a Ernesto.

En menos de dos minutos, tuvo respuesta.

—Señor Gómez, ya revisé las cámaras. Es la señorita Cordero quien está en la empresa.

—¿Y qué hace ahí a estas horas? —preguntó Fermín, con el ceño fruncido.

—La señorita Cordero dice que vio que los datos de uno de los nuevos productos tenían errores. Quiso aprovechar el momento para hacer unas mejoras y actualizar el sistema —explicó Ernesto desde el otro lado de la línea.

Fermín le echó un vistazo a las llaves del carro que aún sostenía en la mano.

—Avísale que es mejor que se regrese a casa cuanto antes.

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