Abril no notó nada extraño al principio. Abrió la caja de comida y fue colocando cada platillo sobre la mesa con esmero.
—Fermín, ven a comer algo, ¿sí?
Sin embargo, apenas Fermín percibió el aroma de la comida, sintió un malestar en el estómago, como si fuera a vomitar en cualquier momento.
En el comedor del Grupo Gómez, los cocineros eran chefs de renombre, contratados pagando una fortuna. Los platillos que preparaban eran tan buenos que siempre recibían halagos por su sabor, color y aroma.
Pero en ese instante, Fermín solo sentía unas ganas terribles de vomitar, y su cara mostraba una expresión de malestar que no pasó desapercibida para Abril.
—Fermín, ¿te pasa algo? —preguntó, preocupada, acercándose para tocarle la frente—. ¡Estás ardiendo!
—¿Te enfermaste?
—Te llevo al hospital.
Al escuchar eso, Fermín dudó un momento.
¿Enfermo?
De manera inesperada, recordó que en todos esos años, ni siquiera podía toser sin que Macarena reaccionara como si fuera una emergencia, al grado de querer vigilarlo las veinticuatro horas del día.
Macarena siempre estaba al pendiente de su salud, aunque últimamente lo había estado ignorando y se notaba molesta con él.
Pero si se enteraba de que estaba enfermo, seguro no podría quedarse tranquila.
Pensando en eso, Fermín permaneció inmóvil.
—Voy a llamar a Eduardo —insistió Abril, sacando su celular, lista para marcar.
—No hace falta —respondió Fermín con voz apática—. Más tarde le pediré a Ernesto que me lleve al hospital. Mejor ve a descansar tú.
Su tono, distante y seco, dejaba claro que no quería seguir hablando.
Abril se quedó sorprendida por un momento.
—Fermín...
Él agitó la mano, cortando la conversación.
—Cuidarme es trabajo del asistente, no tuyo.
Con esas palabras tan tajantes, Abril, que ya conocía el carácter de Fermín, no tuvo más remedio que irse.
Cuando Abril salió, Fermín sacó su celular y le mandó un mensaje a Macarena.

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