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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 272

Frente a la agencia inmobiliaria, justo después de que Macarena se marchara manejando su carro, no pasó mucho tiempo antes de que llegara un vehículo de lujo. Se detuvo despacio, estacionándose con gran precisión justo en la entrada.

El vidrio del copiloto bajó, dejando ver el atractivo y elegante rostro de Benicio.

Apoyando la cabeza en la mano y el codo en la puerta, Benicio le echó una mirada pensativa al letrero sencillo del local.

Tras unos segundos de reflexión, abrió la puerta y entró a la tienda.

Era un día laboral y casi no había clientes. El agente inmobiliario, después de despedir a Macarena, se puso a despotricar en el grupo interno de la oficina.

Uno de sus compañeros se burló de él, diciéndole que no sabía cómo tratar con mujeres. Él, fastidiado, respondió con un emoji de vómito: [¿Mujer delicada? ¿Reina? Por favor, seguro que ni buena gente es. ¿Tú crees que una mujer decente aceptaría vivir en un lugar así?].

En ese momento, el agente notó que alguien se acercaba y alzó la vista con desgano.

En cuanto reconoció el traje de diseñador y los zapatos carísimos que llevaba Benicio, se paró de golpe, casi tropezando, y fue rápidamente a recibirlo.

—Buenas tardes, señor. ¿Busca comprar o rentar?

—¿La chica que vino hace rato qué quería saber? —preguntó Benicio, sin rodeos.

El agente tardó un segundo en darse cuenta de que se refería a Macarena. Toda su arrogancia de antes se le esfumó de inmediato.

No pudo evitar recordar la vez que Ronan fue a buscar una casa; llegó igual, vestido con puros artículos de lujo, aparentando tener mucho dinero, pero terminó rentando un cuartucho en ruinas.

¿Será que este tipo también quiere rentar uno de esos cuartos baratos cerca de Macarena?

¿Qué demonios les pasa a los ricos últimamente?

Ni para la comisión le alcanzaría si renta otra de esas casas feas.

Pensando en eso, el agente regresó a su silla y soltó, con un tono sarcástico:

—¿Qué más iba a venir a hacer aquí? Dudo mucho que quisiera invitarme a salir.

—¿O acaso usted también está detrás de ella? Mire, la verdad, ni se meta con una mujer así. Se ve muy bien por fuera, pero vaya a saber cuántos tipos ha tenido. Vive junto a un hombre, y se la pasan juntos todo el tiempo…

No terminó de hablar porque Benicio, de repente, le dio un puntapié a la silla.

El agente ni tiempo tuvo de reaccionar; cayó de espaldas, pataleando como cucaracha volteada.

Iba a soltarle una grosería, pero antes de abrir la boca, Benicio ya tenía el pie en su pecho y lo levantó del cuello de la camisa como si fuera un pollito.

El cuello le apretó tanto que la cara se le puso roja.

El escándalo hizo que todos en la tienda voltearan a mirar. Algunos parecían querer intervenir, pero al encontrarse con la mirada dura y penetrante de Benicio, se quedaron petrificados.

—¿Qué decías? No te entendí, repítelo —le soltó Benicio, con voz perezosa, como si no estuviera haciendo nada fuera de lo común.

El agente, con el miedo recorriéndole la espalda, apenas pudo balbucear:

—¡Ya estuvo, ya estuvo, señor, perdón, no lo vuelvo a hacer!

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