La llamada estaba en altavoz. Cuando la voz de Macarena se dejó oír, Benicio solo esbozó una leve sonrisa.
El agente inmobiliario, sorprendido, levantó la vista y miró a Benicio con asombro.
No podía creerlo, ¿cómo supo Macarena que Benicio estaba ahí?
Antes de la llamada, Benicio ya le había advertido que no debía contarle a Macarena que él iba a estar en ese lugar.
En ese momento, el agente no lo tomó en serio; pensó que Benicio estaba exagerando.
Nunca imaginó que ambos se anticiparían a los movimientos del otro con tanta exactitud.
El agente, temeroso de Benicio, solo pudo seguir sus instrucciones y decidió no revelar nada.
Se hizo el desentendido.
—¿Benicio? ¿Quién es Benicio?
—Señorita, no entiendo de qué me habla.
Al escuchar esto, Macarena guardó silencio unos segundos. Entendió que quizá estaba exagerando las cosas.
El agente volvió a mencionar el tema de la renta, pero antes de que pudiera terminar, Macarena lo interrumpió con voz serena:
—No te molestes más en buscarme una casa. Al final, con los lugares que encuentras, ni siquiera me animaría a vivir ahí. Mejor quédate tú con ellos.
El agente supo enseguida que estaba molesta por cómo se había burlado de ella hacía un rato.
Le lanzó una mirada a Benicio, entre el miedo y la desesperación.
De haber sabido, ni se le habría ocurrido hacerse el gracioso.
Benicio ya lo había amenazado: si no cumplía su encargo tal y como le pidió, iba a mandar a alguien para estarlo hostigando, y encima, divulgaría todos los trapos sucios que había descubierto sobre él.
Ni idea tenía de cómo Benicio había averiguado sus secretos.
No era nada tan grave como para acabar en la cárcel, solo algunos detalles incómodos; pero si sus clientes llegaban a enterarse, su reputación se iría al piso y no podría seguir trabajando en el medio.
Viendo la determinación de Benicio, no dudó que fuera capaz de hacerlo.
Mientras Macarena pensaba en sus opciones, el agente continuó:
—La dueña de la casa vive en el extranjero y nunca regresa, por eso quiere rentarla.
—El problema es que la casa es muy grande y la renta algo elevada, así que lleva días vacía. Al final, la dueña aceptó rentarla a dos o tres chicas, para compartir el espacio.
—La señora es muy exigente con la limpieza, busca chicas ordenadas y preferiblemente con trabajo estable y estudios universitarios. Apenas me lo dijo, pensé en usted.
—Las otras dos chicas ya confirmaron. Son muy similares a usted, y si dividen la renta entre las tres, le sale apenas un poco más caro que donde vive ahora.
—Piénselo bien.
Enseguida, el agente le mandó otro mensaje con la dirección y los datos básicos de las dos chicas que ya iban a compartir la casa.
...
Tras colgar, Macarena revisó en su celular el perfil de las otras posibles compañeras.
Una tenía poco más de veinte años, recién egresada de la universidad y haciendo prácticas profesionales.

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