—Macarena, no puedes hacerte la desentendida y dejarme en esta situación.
—Si me caso con Marco, entonces él será tu cuñado. Si la gente se entera, ¿no te daría vergüenza?
Carmen recordaba claramente lo que Regina le había enseñado: si quería que alguien aceptara una petición, debía hacerlo pensando primero en el beneficio del otro.
Pero, por más vueltas que le dio, Carmen no logró encontrar otro argumento. Solo se le ocurrió ese.
En el fondo, ella sabía perfectamente que Macarena ya no tenía relación alguna con la familia Molina, y mucho menos con ella como para considerarse hermanas. Incluso si llegara a casarse con Marco, eso no cambiaría nada en la vida de Macarena.
Aun así, era lo único que se le ocurría.
Macarena escuchó su amenaza, tan floja que ni dolía ni picaba, y no pudo evitar soltar una risa entre resignada y divertida.
No quería meterse en los asuntos de la familia Molina. Pero Carmen se aferraba a su pierna con tal desesperación que ni aunque quisiera, podía zafarse. Ni podía sacudirla, ni irse.
Suspiró.
—Voy a intentar ayudarte, pero suéltame y ponte de pie primero.
—¿De verdad? —Los ojos de Carmen brillaron con esperanza—. ¿No me estás mintiendo?
Macarena asintió con la cabeza.
Ella conocía bien la clase de persona que era Marco; aunque no sentía simpatía por Carmen, tampoco era capaz de quedarse mirando cómo arruinaba su vida para siempre junto a él.
Si Carmen no hubiera ido a buscarla, pues ni modo. El problema era que sí lo hizo, y además se humilló pidiéndole ayuda.
Macarena no tenía el corazón tan duro como para ignorarla así nada más.
Para evitar que los curiosos siguieran mirando, Macarena llevó a Carmen hasta su carro y se metieron.
Carmen, temerosa de que Macarena cambiara de opinión en el último momento, en cuanto se sentaron marcó el número de Gerardo y puso la llamada en altavoz, entregando de inmediato el teléfono a Macarena.
Macarena lo tomó.
—¿Qué pasa, Carmen? —La voz de Gerardo sonaba amable, creyendo que era su hija quien llamaba.
Macarena dudó un instante.
—Soy yo —dijo finalmente.
Del otro lado hubo un breve silencio. La voz de Gerardo perdió toda calidez de inmediato, y se volvió dura como un trueno.
—¿Y tú por qué llamas?
—Gerardo, ya utilizaste a todos los que te amaron y confiaron en ti. ¿Ahora a quién más quieres manipular?
Cuando era niña, Macarena no se daba cuenta de nada. Pensaba que su mamá era admirable, y que Gerardo se encargaba de la familia porque amaba a su esposa.
Con los años entendió que eso no era amor.
Gerardo solo sabía esperar el momento justo para actuar, como un cazador agazapado, buscando la oportunidad de sobresalir.
La muerte de su madre fue ese momento.
Durante mucho tiempo, Macarena no quiso aceptar esa verdad. Pero cuando Gerardo trató de usarla para recuperar los socios de la familia Molina, ya no pudo engañarse.
Para Gerardo, solo existían los intereses. Los sentimientos nunca importaron.
Sus palabras iban directas al corazón. Gerardo, al verse descubierto, se llenó de furia.
—¿Qué clase de tonterías estás diciendo? ¡Eres una malagradecida!
—¡No tienes idea! ¡Es normal hacer sacrificios por la familia!
—Carmen es mi hija y también parte de la familia Molina. Si la familia tiene problemas, debe tener disposición de ayudar. Carmen no es como tú, ella está de acuerdo…

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