No había pasado mucho desde que colgó la llamada cuando Piero y los demás directivos recibieron la notificación: Ronan había aprobado la propuesta.
Piero, incrédulo, tomó su celular y marcó de inmediato.
—Ronan, esto no es cualquier cosa, ¿por qué te sumaste a esta locura? ¿Tienes idea de cuánto dinero se necesita para levantar una fábrica?
—Sumale el mantenimiento y la operación después. Es una fortuna, la empresa no puede con ese peso en sus cuentas, y los inversionistas extranjeros tampoco lo van a permitir…
Antes de que pudiera seguir despotricando, la voz de Ronan llegó, tranquila y sin titubeos.
—Ese dinero no pasará por las cuentas de la empresa.
Piero se quedó helado.
—¿Vas a poner el dinero tú?
Ronan respondió con un simple:
—Sí.
Piero casi se atragantó.
—¿Y de dónde vas a sacar tanto?
Conocía de sobra la situación de UME. Sabía perfectamente que aunque Ronan hubiera guardado hasta el último peso que le había pasado la empresa, jamás tendría suficiente para semejante inversión.
—No lo tengo yo, pero la familia Torres sí —dijo Ronan, con esa serenidad que a veces exasperaba—. Poder usar los recursos de la familia Torres de forma razonable es una de las razones por las que regresé.
Lo soltó como quien comenta el clima, como si no estuviera hablando de cientos de millones, como si no le pesara.
Pero Piero no podía creerlo.
Ronan había dejado la familia Torres hacía años y, aunque ahora había aceptado regresar al trato, no era posible que la familia le soltara así nomás semejante cantidad.
—¿Les diste algo a cambio? —aventó Piero, directo.
No sabía exactamente cómo era el papá de Ronan, Hilario, pero todos en el mundo empresarial conocían la fama del Grupo Torres: nunca hacían negocios en los que salieran perdiendo.
Si Ronan había conseguido arrancarles ese dinero, era porque el precio valía la pena para ellos.
Conocía a Macarena a la perfección. Así como ella lo conocía a él.
Incluso si todo el mundo se pusiera en su contra, sabían que jamás se traicionarían entre sí.
Por eso podía confiarle la espalda sin miedo.
Y estaba seguro de que Macarena le correspondía igual.
El tono decidido de Ronan le dejó claro a Piero que era inútil intentar hacerlo cambiar de opinión.
Solo podía resignarse.
—Por cierto, las cosas por acá se pusieron complicadas. Mi viaje de trabajo va a durar más de lo previsto. Voy a dejarte a ti y a Macarena las decisiones importantes. Si en algún momento no logran localizarme, decidan entre los dos —añadió Ronan.
Piero no le dio mucha importancia. Ronan solía decir cosas así, pero su celular siempre estaba encendido, incluso de viaje era raro que no pudieran contactarlo.
Ahora, sin embargo, tenía la cabeza ocupada en cómo convencer a Macarena de que se calmara un poco y no se metiera en líos innecesarios.
Eso de construir una fábrica podía sonar como la gran oportunidad para que UME creciera, pero seguía siendo un movimiento arriesgado. Si ganaban, los costos bajarían y la empresa podría expandirse; pero si fallaban, para Ronan sería un golpe del que tal vez no pudiera levantarse.

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