Macarena se quedó pensando un momento.
Aunque ella y Fermín ya se habían divorciado, el periodo de espera aún no terminaba. Así que, en teoría, seguía siendo la nuera de la familia Gómez.
La petición de Fermín, al final, no era tan descabellada.
Además, Paula siempre había sido buena con ella. De verdad, lo correcto era pasar a saludar.
Macarena no se negó:
—Está bien, iré.
Al escuchar su voz tan serena y dócil, Fermín bajó la vista a los papeles que tenía a la mano.
Según los documentos que Ernesto le había entregado, Macarena vivía en un barrio viejo y deteriorado. No solo el entorno era humilde, hasta las condiciones del departamento dejaban mucho que desear.
Cuando Fermín leyó ese informe, no pudo evitar soltar una carcajada incrédula.
Cada mes, él le transfería casi treinta mil pesos para sus gastos, y aun así ella había decidido mudarse a ese lugar tan venido a menos.
¿Lo hacía a propósito?
¿Buscaba su compasión? ¿O quería que la gente empezara a murmurar a sus espaldas sobre cómo la esposa de Fermín Gómez tenía que vivir en condiciones tan pobres?
Fuera lo que fuera, Fermín solo podía encontrarle el lado irónico.
Sin embargo, decidió darle la oportunidad de salir bien librada de la situación.
Condescendiente, le preguntó:
—¿Tienes algo más que decirme?
¿Algo más?
Macarena, después de darle vueltas, por fin entendió a qué se refería:
—Mañana, de paso, deberíamos contarles lo nuestro.
¿Lo nuestro?
¿Se refería a que Abril se había mudado a la casa y a que ella misma había pedido separarse?
¿O pretendía usar ese asunto frente a la familia Gómez para presionarlo y que cediera primero?
A Fermín, que apenas se había calmado, le regresó el coraje de golpe:
—Si tienes alguna exigencia, dilo de una vez. No hay razón para hacer un escándalo por un asunto tan insignificante.
—¿Insignificante? —Macarena dejó escapar una sonrisa amarga.
Pensar todo lo que había reflexionado y sufrido en los últimos días solo para darse cuenta de que, a los ojos de Fermín, no era más que un detalle sin importancia.
Por suerte, ya estaba acostumbrada a los golpes. Esta revelación solo le heló el corazón un instante antes de recuperar la calma.
Con voz serena, respondió:
—Son tus familiares. Si quieres contarlo o no, y cuándo hacerlo, es decisión tuya.
—Si no hay más, voy a colgar.
No tenía caso seguir hablando. Macarena cortó la llamada sin más.
...
Fermín miró de reojo a Lisa. Al notar las arrugas en su rostro y las canas en su cabello, decidió tragarse el comentario y no decir nada.
Lisa, nerviosa y con respeto, preguntó:
—Señor Gómez, ¿ocurre algo?
Fermín se levantó, se limpió la boca con la servilleta y la dejó sobre la mesa:
—Voy a salir un rato. No voy a cenar.
Sin decir nada más, se fue sin mirar atrás.
Lisa suspiró aliviada al ver a Fermín subir las escaleras.
Desde que Macarena se había ido, no había tenido oportunidad de descansar. Todo el trabajo doméstico y la cocina recaían sobre ella, pero tras tantos años de vida tranquila, ya estaba oxidada. Por eso, últimamente solo compraba comida preparada.
Hoy, como Fermín no salió al trabajo, tuvo que arriesgarse y cocinar ella misma.
Cuando Fermín la miró hace un momento, sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
Definitivamente tenía que buscar una solución pronto.
...
Tras colgar el teléfono, Macarena tampoco pudo dormir.
Se cambió de ropa, bajó y fue al mercado de la esquina a comprar unos ingredientes para prepararse algo sencillo de cenar.
Vivir sola tenía sus ventajas: la comida era fácil de hacer y los trastes, igual de fáciles de lavar.
El departamento era tan pequeño que hasta el aseo se volvía sencillo. Lo que antes le tomaba horas, ahora lo terminaba en menos de diez minutos.

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