Cuando terminó de arreglarse, aún tenía un buen rato por delante.
De repente, al encontrarse con tanto tiempo libre, no supo qué hacer. Se acostó en la cama, dejando que su mente vagara sin rumbo.
Quizás porque en estos días habían pasado demasiadas cosas, apenas cerró los ojos, Macarena se quedó profundamente dormida.
Cuando volvió a despertar, ya era casi mediodía del día siguiente.
Aún medio adormilada, se levantó de la cama, pero al apoyar el pie en el suelo sintió un dolor punzante en el dedo pequeño.
No se había dado cuenta, pero el golpe que se dio la noche anterior había hecho que ese dedo se le pusiera rojo e hinchado.
Sin embargo, ya había quedado de ir a visitar a la familia Gómez más tarde. En ese momento, ir al hospital no era opción.
Así que, resignada, se aplicó un poco de pomada de las que tenía a la mano y salió de casa.
Normalmente, Fermín ni siquiera tenía ganas de acompañarla a la casa de la familia Gómez. Ahora, que estaban a un paso del divorcio, Macarena sentía menos obligación de esperarlo.
Primero fue por el regalo que tenía preparado para Paula, y luego fue directo al taller mecánico para recoger el carro que su mamá le había dado. El mismo que hacía poco se había accidentado, pero ya estaba reparado.
Condujo rumbo a la vieja casa de los Gómez, situada en las afueras de la ciudad, en una zona tranquila, donde el aire era puro y el silencio lo llenaba todo.
Macarena manejó despacio, bajó la ventanilla y dejó que el aire fresco le despejara la mente. Después de todo lo que había pasado, por fin sentía algo de calma.
Al llegar, estacionó el carro, bajó y se dirigió hacia la puerta principal.
A punto de entrar, escuchó a lo lejos una voz femenina muy familiar.
—¿Macarena? ¿De verdad eres tú?
Reconoció la voz y se detuvo en seco.
Cuando volteó, vio a Abril y Fermín.
Abril tenía el brazo enlazado con Fermín, y en la otra mano llevaba un regalo envuelto con esmero.
Caminaban juntos, tan pegados que por un instante, Macarena sintió que la verdadera nuera de la familia Gómez no era ella, sino Abril.
Aunque ya había asumido su divorcio y sabía que tarde o temprano Abril acabaría casándose con Fermín, no pudo evitar que esa escena la llenara de amargura.
Todavía estaban en el periodo de reflexión del divorcio y Fermín ya paseaba a Abril por la casa de la familia Gómez como si nada.
Quizás quería darles la noticia de una vez o preparar el terreno para lo que se venía.
Aunque Macarena nunca había simpatizado con Abril, decidió mantener la compostura y la saludó con naturalidad:
—Vaya, qué coincidencia.
Sonrió, como si nada.
Fermín le lanzó una mirada de reojo, sus ojos oscuros reflejando molestia.
No tenía escapatoria.
Al final, suspiró y entró a la casa.
Apenas cruzó la puerta, un grito emocionado la sacó de sus pensamientos.
—¡Ay, Abi! ¿Cómo supiste que me encantaba el fundador de UME? ¡Es su autógrafo de verdad! ¡Seguro te costó un dineral, te adoro!
En la sala, Sabrina Gómez, una chica de unos diecisiete o dieciocho años, vestida con un vestido amarillo claro, agitaba un celular firmado mientras chillaba de felicidad.
Sin dejar de gritar, corrió a abrazar a Abril con los brazos abiertos.
Abril la dejó hacer. Cuando el entusiasmo de Sabrina bajó, le pellizcó la mejilla con mucha confianza y le respondió entre risas:
—Si a ti te gusta, no importa cuánto cueste.
—Después de todo, nada vale más que ver sonreír a nuestra señorita Gómez.
Sabrina, fuera de sí de la emoción, balbuceó:
—Abi, eres lo máximo, ni me imagino cómo sería mi vida si tú hubieras sido la que se casara con mi hermano... Seguro me consentirías un montón.
Macarena, que apenas iba entrando, escuchó justo esa frase de Sabrina.

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