La empleada comentó:
—La abuela se despertó una vez en medio de la noche, solo una hora, y volvió a quedarse dormida.
Después se volteó hacia Macarena y preguntó:
—Pero, señorita Molina, ¿cómo es que hasta ahora se aparece?
Añadió, con un tono entre reproche y preocupación:
—Debió haber venido antes, al menos para que la familia Gómez supiera que sí le preocupa la abuela.
Macarena esbozó una sonrisa, negó con la cabeza y respondió con tranquilidad:
—¿Y de qué serviría que lo supieran?
Para ella, el rechazo de la familia Gómez era como una muralla imposible de derribar.
Antes, se esforzaba por caerles bien, sacrificándose y haciendo todo lo posible para cumplir sus expectativas.
Pero ahora, Macarena ya no tenía nada que ver con la familia Gómez. Lo que pensaran o dijeran de ella había dejado de importarle por completo; ni una sola palabra suya le movía el ánimo.
La empleada se quedó en silencio, sin saber qué decir ante esa respuesta tan directa.
Macarena no le dio mayor importancia y entró en la habitación. Sacó el ramo de claveles que había traído para Paula y los acomodó en el florero junto a la cama.
Eran las flores favoritas de Paula.
Nadie en la familia Gómez se preocupaba por las plantas o el jardín; todo lo dejaban en manos del mayordomo. Así que, claro, tampoco le daban importancia a los detalles.
Pero Paula, al ver esas flores, sabría que Macarena había estado allí.
A Macarena no le interesaba si los Gómez notaban su preocupación; eso le traía sin cuidado.
Lo único que le importaba era que Paula supiera que ella seguía pendiente, que buscaba alegrarla, aunque fuera un poco.
Después de arreglar las flores, Macarena se levantó y salió de la habitación.
Apenas alcanzó la puerta, se topó de frente con Fermín.
No supo en qué momento había llegado él.
Fermín la miraba con una expresión difícil de descifrar, los labios apretados, los ojos tan oscuros y profundos que resultaba imposible adivinar en qué pensaba.
Macarena no se sorprendió.
Desde que llegó, ya sospechaba que terminaría encontrándose con Fermín.
En realidad, eso le venía bien, porque también tenía algo que discutir con él.
—¿Podemos platicar? —le soltó Macarena, mirándolo de frente.
Fermín dejó que su mirada recorriera el rostro de ella, y el leve sosiego que había alcanzado se le vino abajo. Una incomodidad inexplicable lo envolvió, una especie de descontrol que lo hacía sentirse ajeno a sí mismo.

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