La noticia cayó como un rayo. Cuando Macarena la escuchó, sintió que la mente se le quedó en blanco, como si el mundo le hubiera dado un vuelco. El corazón se le apretó en el pecho, una angustia que no la dejó respirar por unos segundos.
Sabía bien que, si solo fuera un problema menor, la empleada doméstica no le habría llamado. El hecho de recibir esa llamada solo podía significar una cosa: la situación era grave.
Desde la última vez, en el cumpleaños de Paula, cuando de pronto anunció su testamento, Macarena ya se había imaginado algo así. Después intentó varias veces contactarla, pero siempre le decían que Paula necesitaba descansar y no podía atenderla.
Aunque pensó que ya estaba preparada, escuchar la noticia la tomó por sorpresa.
Respiró profundo y se obligó a mantener la calma.
—¿Cómo está mi abuela ahora? —preguntó Macarena, la voz apenas firme.
La empleada le explicó todo.
Fue así como Macarena se enteró de que Fermín había llevado a Abril a la antigua casa de la familia Gómez. Fermín quiso que Abril conociera a la anciana, pero esperaron horas y Paula nunca salió de su habitación. Todos pensaron que la señora no quería ver a Abril, que quizá tenía algún asunto pendiente con ella.
Hasta que la empleada, preocupada, entró a la habitación y la encontró desmayada en el suelo.
—El doctor dice que todos sus órganos están fallando. Con los mejores cuidados, como mucho… le queda medio año —la voz de la empleada se quebró al final.
Había estado a su lado por años, conocía el verdadero estado de la salud de la señora mejor que nadie. Lo que había sucedido esa tarde era casi inevitable, pero igual dolía.
—Señorita Molina, la señora está muy débil, pero cuando despertó, preguntó por usted. Estoy segura de que es a quien más quiere ver —añadió la empleada, con un dejo de súplica.
—Sé que usted y el señor Gómez ya no están juntos, pero por la señora, por favor, venga al hospital —agregó, con tono suave.
Había algo más que no se atrevió a decir, aunque Macarena lo entendía de sobra.
En aquel testamento que Paula anunció en público, había dejado claro que todas sus acciones pasarían a nombre de Macarena. Pero si Paula llegaba a faltar de forma repentina y el testamento quedaba en manos de la familia Gómez, nadie iba a entregarle las acciones de buena gana.
En cambio, si Paula estaba lúcida antes de irse, el proceso de traspaso sería mucho más sencillo.
La empleada no tenía nada que ver en los asuntos de las acciones, ni entendía por qué la señora quería dejarle media empresa a Macarena. Solo sabía que la señora tenía la intención de que Macarena recibiera lo que le correspondía.

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