El corazón de Abril latía con fuerza, sintiendo un leve apretón en el pecho.
La mirada helada de Macarena la hacía sentir como si tuviera espinas clavándosele en la espalda. Por un instante, recordó las palabras del señor Herrera: este lugar era la oportunidad perfecta para deshacerse de Macarena. Pero, al mismo tiempo, era el mejor momento para que Macarena se deshiciera de ella.
Si Macarena estaba dispuesta a actuar de verdad…
Mientras Abril se debatía con ese pensamiento, Macarena ya había avanzado rápidamente hasta quedar justo detrás de ella. Sin decir una sola palabra, sacó la navaja que había encontrado en el hombre inconsciente y cortó las cuerdas que aún ataban a Abril.
Al notar la mirada sorprendida de Abril, Macarena dedujo lo que pasaba por su mente.
La verdad, cuando tuvo la navaja en la mano, sí pensó en vengar a su hija ahí mismo. Pero, apenas ese pensamiento cruzó por su cabeza, la cordura se impuso. Todavía estaba en peligro, necesitaba la ayuda de Abril para poder escapar.
Además, Abril no solo había causado la muerte de su hija, sino que la había traicionado varias veces. Matarla de una vez era demasiado poco castigo para alguien como ella.
Abril no tenía idea de todo eso y, por el momento, soltó un pequeño suspiro de alivio.
Sin embargo, ese alivio duró poco y la tensión regresó enseguida. El peligro seguía presente, y ahora tenían que pensar en cómo salir de ahí.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó, nerviosa—. ¿Le marcamos a Fermín?
Mientras hablaba, Abril ya se acercaba a los dos hombres desmayados en el suelo, buscando un teléfono.
—Ya revisé hace rato —respondió Macarena—. No traen celular, ni siquiera walkie-talkie.
—¿Entonces qué hacemos? —La desesperación afloró en la voz de Abril.
Si no podían comunicarse con nadie afuera, aunque lograran liberarse de las cuerdas, seguirían atrapadas. Si los hombres en el suelo despertaban o alguien más las encontraba, estarían en un lío mayor.
Ese pensamiento la impulsó a acercarse rápido a la puerta. Pegó el ojo a la rendija, tratando de mirar hacia el exterior con sumo cuidado.
En su campo de visión no había nadie, pero eso no calmaba su inquietud.
—¿Qué tramas? —aventó, al ver a Macarena moviéndose por el interior del almacén.
Macarena había empezado a juntar una silla, unas llantas y un bote de gasolina justo debajo de la pared que tenía una pequeña ventana.

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