Macarena no sabía si afuera había alguien vigilando, así que asomó la cabeza con sumo cuidado.
Frente al almacén había una pequeña plaza, y en medio de ella, un carro estacionado.
Alrededor, un espeso bosque lo cubría todo, y solo desde la entrada del almacén salía un camino que serpenteaba cuesta arriba, perdiéndose entre los árboles.
Cuando estuvo segura de que nadie custodiaba los alrededores, Macarena se dispuso a llevarse a Abril.
Pero al voltear, lo que vio dentro del almacén la dejó helada.
La puerta estaba abierta, sin que ella se diera cuenta de cuándo sucedió.
Sentado en su silla de ruedas, el señor Herrera la observaba con una mueca de diversión. A su lado, dos o tres hombres permanecían de pie; uno de ellos sujetaba a Abril y le tapaba la boca con fuerza.
Uno de los hombres se acercó y le arrojó agua en la cara a los dos tipos que habían sido noqueados, despertándolos de golpe.
—Malditos, ¿así que se atreven a atacarme por la espalda? —rugió uno de ellos, y sin más, se lanzó hacia Macarena, con el rostro descompuesto por la rabia.
El señor Herrera levantó la mano para detenerlos.
Macarena apretó los labios, resignada, y terminó por bajar la mirada.
—Señorita Molina, sí que es lista… y sabe bastantes trucos —soltó el señor Herrera, con un tono burlón.
Macarena guardó silencio. Con lo mucho que la habían castigado antes, no le quedó de otra que aprender por su cuenta.
El señor Herrera la miró con atención y echó un vistazo detrás de ella.
—Por suerte instalé cámaras aquí, si no, de verdad habrías logrado escaparte.
En cuanto terminó de hablar, uno de sus hombres se acercó y le ató las manos con fuerza otra vez, asegurándose de que no pudiera soltarse.
A empujones, la arrastraron hasta quedar frente al señor Herrera.
—Quítenle el anillo —ordenó él.
Uno de los hombres obedeció sin dudar.
Con brusquedad, le arrancó el anillo del dedo, jalando tan fuerte que Macarena sintió que el dedo se le iba a romper.
El anillo fue entregado al señor Herrera, quien lo sostuvo entre los dedos, presionó un mecanismo y, al ver que salía una pequeña navaja oculta, alzó las cejas con interés.
—Vaya, esto sí que es curioso. Pero me temo que ya no te servirá de nada.
El chillido de Abril resonó no muy lejos.
Instintivamente, Macarena buscó con la mirada a su amiga.
Pero antes de verla, al percatarse del entorno, su respiración se detuvo, como si la sangre se le congelara en las venas.
Bajo sus pies no había más que el abismo de un acantilado, tan profundo que no se veía el fondo.
Ella y Abril estaban en la cima de una montaña.
No, mejor dicho, ambas estaban suspendidas en el aire, colgadas en la cima.
De sus muñecas colgaban sogas gruesas, que pasaban por encima de unas ramas y se amarraban a un árbol robusto, no muy lejos del borde.
El señor Herrera estaba cerca de ese árbol, limpiando con una tela un cuchillo brillante.
Bastaba con que él cortara las sogas, y tanto Macarena como Abril caerían directo al precipicio.
—Fermín, ¡sálvame! —gritó Abril, su voz temblando de pánico.
Macarena alzó la vista con esfuerzo, buscando una salida, y entonces vio que Fermín se acercaba desde la distancia, caminando hacia ellas.

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