Fermín apretó los labios, con la vena de la frente palpitándole con fuerza.
El recuerdo del accidente de carro y la tumba de su hijo apareció frente a sus ojos.
Le faltaba el aire.
En ese momento, a su lado, Abril habló.
—Macarena, deja que Fermín lo piense bien, ¿quieres?
—Llevan tantos años de casados. Yo sé que te ama y estoy segura de que te va a elegir a ti.
Su voz sonaba dolida.
—Quizá me malinterpretaste. Cuando le dije a Fermín que esperaba un hijo suyo, no lo hice para que me eligiera a mí.
—Es que… solo yo sé lo de este bebé. A mí no me importa que la gente se olvide de mí, pero no quiero que mi hijo muera conmigo sin que nadie sepa que existió. Es tan inocente… qué culpa tiene él.
—Por lo menos, que su papá sepa que existió.
Con unas cuantas frases, Abril la había pintado como la mala del cuento: una mujer celosa y sin escrúpulos, capaz de todo con tal de sobrevivir.
Macarena se quedó sin palabras.
Si no fuera la protagonista de la historia, por un instante hasta ella misma se habría creído la bondad y la inocencia de Abril.
Levantó la vista y, al ver la expresión indescifrable de Fermín, abandonó cualquier intención de defenderse.
Cerró los ojos y suspiró suavemente.
Sabía que Fermín le creería a Abril.
Como si hubiera adivinado sus pensamientos, una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios de Abril.
Bajó la mirada hacia Fermín, que seguía con el rostro lleno de emociones encontradas.
En ese instante, él también levantó la vista. Sus ojos oscuros parecían en calma, pero al mismo tiempo contenían un torbellino de sentimientos.
—Abi —dijo él.
El corazón de Abril dio un vuelco de alegría.
Pero antes de que pudiera decir algo, escuchó la siguiente palabra de Fermín.
—Lo siento.
Fue como si le hubieran echado un balde de agua fría. Abril se quedó helada.
—¿Qué?
—Esta vez, soy yo quien te falló a ti —dijo Fermín, soltando el aire lentamente.
Miró al señor Herrera.
—Quiero que Macarena viva.
Al escuchar el resultado, el señor Herrera enarcó una ceja.

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