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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 358

Al señor Herrera le salía sangre de la nariz y los ojos por los golpes.

El hombre no se detuvo hasta asegurarse de que ya no tenía fuerzas para defenderse.

Fermín reconoció el rostro del hombre; se le hacía familiar.

Un momento después, cayó en la cuenta: era el guardaespaldas que había estado cuidando a Macarena.

—¿Benicio? ¿Qué haces aquí?

Al mismo tiempo, un ruido llegó desde el fondo del acantilado.

Fermín se quedó paralizado y miró hacia abajo. Se asomó todo lo que pudo y descubrió con una oleada de alivio que, no muy lejos, crecía una rama de árbol, ni muy gruesa ni muy delgada.

Benicio Oliva se aferraba a ella con una mano, con el cuerpo suspendido en el aire, mientras que con la otra sujetaba con fuerza el trozo de soga atado a Macarena.

¡Macarena estaba viva!

Al darse cuenta, Fermín sintió una inmensa alegría.

Para entonces, el señor Herrera estaba casi inconsciente, y sus hombres se habían enfrascado en una pelea campal con otro grupo de desconocidos.

Ernesto y el francotirador, al ver que la situación había cambiado, se apresuraron a acercarse.

—¡Rápido, ayúdenme a rescatarlos! ¡Traigan una cuerda! —gritó Fermín, poniéndose de pie.

Un trozo de la soga que sujetaba a Macarena todavía estaba atado al árbol.

Desató el nudo con los dedos temblorosos, solo para darse cuenta de que no era lo suficientemente larga.

—¡Bajen a Abril!

—¡Necesito la cuerda que la sujeta a ella! —ordenó.

Nadie sabía cuánto tiempo aguantaría la rama a la que se aferraba Benicio.

Tampoco sabía cuánta fuerza le quedaba a él.

Tenían que darse prisa.

Tenían que rescatarlos cuanto antes.

Ernesto y los demás reaccionaron y, entre varios, se apresuraron a desatar la soga.

Abril, colgada en el aire, veía cómo Fermín se desesperaba por rescatar a Macarena sin siquiera acordarse de bajarla a ella primero; y cuando lo hizo, fue solo para quitarle la soga. Sintió una punzada de tristeza y decepción.

Al mismo tiempo, miró hacia abajo, a Benicio y Macarena luchando por sobrevivir, y la envidia y el desprecio volvieron a inundarla.

«¿Por qué no se moría de una vez? ¡Debería estar muerta!».

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