Benicio miró hacia abajo y vio a Macarena caer como una cometa con el hilo roto, precipitándose hacia el abismo.
—¡Macarena! —rugió Benicio.
Y casi sin dudarlo, soltó la rama y se lanzó al vacío detrás de ella.
Arriba, al escuchar los sonidos del acantilado, Fermín, que acababa de encontrar un cuchillo y se apresuraba a cortar la soga de Abril, se quedó helado.
El sonido le atravesó el corazón.
El pecho le temblaba violentamente, y las manos también.
—¿Qué pasó?
—¡Benicio! ¡¿Cómo está Macarena?! —gritó, pero pasaron varios segundos sin que Benicio respondiera.
—Señor Gómez, el señor Oliva y la señorita Molina acaban de caer —dijo Ernesto, que se había quedado al borde del precipicio para observar, con los ojos enrojecidos y la voz entrecortada.
Al oírlo, las manos de Fermín temblaron aún más.
Haciendo un esfuerzo por mantener la calma, cortó la soga detrás de Abril.
La áspera cuerda rozó la piel de Abril, haciéndola soltar un quejido de dolor, pero esta vez Fermín pareció no oírla. Le arrebató la soga con brusquedad y corrió hacia el borde.
—¡La soga! ¡Ya tenemos la soga, Benicio! ¡Sube a Macarena! —gritó con fuerza mientras lanzaba la cuerda hacia abajo.
Pero, al igual que antes, la soga cayó en el vacío y, después de más de diez segundos, no hubo ninguna señal de movimiento.
—¡Macarena! ¡Habla, sé que estás viva! ¡Contéstame, dime dónde estás!
—¡Benicio!
Con los ojos inyectados en sangre, gritó hacia el abismo.
Al no obtener respuesta, Fermín entró en pánico. Casi sin dudarlo, le entregó un extremo de la cuerda a Ernesto.
—¡Ve! ¡Átala a un árbol!
Mientras hablaba, agarró la cuerda por el medio, la arrojó al acantilado y se dispuso a bajar.
«¡Macarena no está muerta! ¡Es imposible que muera tan fácilmente! ¡Seguro se quedó atorada en algún lugar!».
Tenía que ir a buscarla él mismo.
Fermín agarró la cuerda con manos temblorosas, listo para saltar.
Ernesto, con rápidos reflejos, lo abrazó por la cintura.

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