Ronan le sostuvo la mirada gélida, casi asesina, a esos ojos inyectados en sangre, sin el menor rastro de miedo.
Solo sintió un ligero alivio en su interior.
Menos mal que Macarena no estaba con él. Menos mal que no era ella quien estaba parada frente a Dante en ese momento.
De lo contrario, no quería ni imaginar de qué sería capaz Dante.
El aire se quedó en silencio por unos segundos.
Dante pareció recordar algo, y la sed de sangre en su mirada comenzó a disiparse.
El cambio fue repentino.
Ronan no pudo evitar quedarse un poco desconcertado.
Dante esbozó una sonrisa fría y, levantando la mano, le acomodó de nuevo el cuello de la camisa a Ronan.
—La partida de Leita fue orquestada por Macarena. Si Leita está muerta, ¡entonces haré que Macarena la acompañe en la tumba!
Enfatizó a propósito las últimas palabras.
—Regresa a tu país —ordenó.
Dicho esto, Dante se dio la vuelta, listo para marcharse.
Ronan se quedó tieso.
Apretó los puños.
Mirando la espalda de Dante, en una fracción de segundo, hizo algo que nadie habría esperado.
Ronan se lanzó a una velocidad increíble detrás de Dante y le rodeó el cuello con el brazo, apretando con fuerza.
Su movimiento fue tan rápido e inesperado que incluso el propio Dante se quedó helado por un instante.
Después de todo, era bien sabido que Ronan siempre había sido un hombre de modales refinados, y rara vez se involucraba en peleas.
Además, Dante llevaba mucho tiempo en una posición de poder; era él quien agredía a los demás, nunca al revés. ¿Quién se atrevería a tocarle un pelo?
Los guardaespaldas tardaron un momento en reaccionar, pero en un instante, decenas de armas apuntaban a Ronan.
Ronan les echó un vistazo indiferente, sin aflojar el agarre.
Como si no le temiera a la muerte, siguió apretando el cuello de Dante y le advirtió con voz gélida.
—Diles que se larguen, o te juro que si me muero, no me voy solo.
La presión lo obligó a Dante a retroceder un par de pasos.
Al darse cuenta de su situación, soltó una risa burlona.
Jamás imaginó que él, Dante, algún día sería amenazado de esa forma.
Aun así, adoptó una postura de rendición. Con un tono y un gesto sumisos, levantó una mano hacia los guardaespaldas que estaban detrás.
—Bajen las armas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste