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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 385

Sonrió.

—Claro, iremos a comer juntos.

—Ese lugar es bueno. Y dentro de treinta años, iremos a comer ahí, tomados de la mano —añadió Benicio.

Se inclinó y le besó las lágrimas que aún quedaban en sus pestañas.

Su aliento cálido en sus ojos le provocó un cosquilleo, y ella se aferró con más fuerza a la tela de su camisa.

—Macarena.

Justo cuando Macarena iba a decir algo, la voz urgente y apresurada de Fermín llamándola por su nombre resonó desde la cueva.

Fue entonces cuando Macarena se dio cuenta de que ya no estaban solos.

Fermín también estaba allí.

Sin saber qué le pasaba a Fermín y preocupados por si había alguna emergencia, no se quedaron más tiempo y volvieron.

Al entrar en la cueva, Macarena vio a Fermín tirado en el suelo.

Con gran esfuerzo, se apoyaba con un brazo en la pared y con la otra mano en el suelo, intentando levantarse con una expresión de dolor.

Quizá porque le estorbaban, incluso había tirado la liana y la rama que le sujetaban la pierna rota.

Estaba apoyando peso sobre esa pierna.

A Macarena se le encogió el corazón.

—¡No te muevas! —dijo, preparándose para acercarse a él.

Pero Benicio la detuvo y se adelantó para ayudar a Fermín a levantarse.

—¡Suéltame!

Con una fuerza que no sabía de dónde sacaba, Fermín intentó empujarlo, empeñado en acercarse a Macarena.

Benicio, como si hubiera previsto su movimiento, no se movió ni un centímetro y dijo con calma:

—Tienes la pierna rota.

—Aquí no hay médicos. Si sigues forzándola, puede que nunca se cure bien y te quedes cojo para siempre.

Eso pareció funcionar, porque esta vez Fermín dejó de forcejear.

No había logrado avanzar mucho, así que Benicio lo ayudó a volver a su sitio.

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