Ese anillo se lo había llevado Dante Oliva a la fuerza, como garantía del trato que hicieron.
«¿Será que el anillo está en manos de Fermín?», se preguntó.
Abril sintió un nudo en la garganta. La pregunta la había tomado completamente por sorpresa.
Fermín ya no confiaba en ella. Si le mentía de nuevo y él la descubría, su relación solo empeoraría.
Su rostro se tornó pálido como el papel.
—Dante vino a buscarme, pero me dijo que podía ayudarme a encontrarte.
»Fermín, tu vida corría peligro. Tenía tanto miedo de que te pasara algo, y pensé que una persona más buscándote aumentaría las esperanzas. De verdad, no sabía que les haría daño a ti y a Macarena.
Abril sabía que Fermín no iría a confrontar a Dante. E incluso si lo hiciera, Dante no la delataría.
Así que solo necesitaba explicar por qué su anillo estaba en posesión de Dante.
Sin embargo, apenas terminó de hablar, Fermín soltó una risa discreta.
Cerró los ojos por un instante y, al abrirlos de nuevo y mirar a Abril, sintió que estaba frente a una completa desconocida.
Seguía siendo el mismo rostro familiar, la misma apariencia frágil.
Pero la joven que antes era pura e inocente parecía haberse transformado en otra persona.
—Nunca dije que alguien le hubiera hecho daño a Macarena.
»Entonces, ¿cómo es que tú lo sabes? —preguntó Fermín con calma.
Desde el principio, aparte de él y los que estaban presentes en ese momento, nadie sabía que la bala originalmente iba dirigida a Macarena.
¿Por qué lo sabría Abril?
A menos que Eduardo se lo hubiera dicho inmediatamente después de que él se lo contara, o que Abril supiera las intenciones de Dante desde el principio.
Pero, calculando los tiempos, era imposible que Eduardo se lo hubiera comunicado.
Así que solo quedaba la segunda opción. Y para que eso fuera cierto, Abril tenía que haber colaborado con Dante, sabiendo desde el inicio que él quería matar a Macarena.
Lo que significaba que Abril también quería ver muerta a Macarena desde el principio.
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