Macarena notó un deje de picardía en su sonrisa y se le tensó el cuerpo sin poder evitarlo.
En los dos días que llevaba viviendo ahí, había descubierto que Benicio tenía una resistencia física decenas de veces superior a la que ella había imaginado.
Al principio, él temía lastimarla, pero después de que ella, al verlo sufrir por contenerse, le dijo que no se preocupara, las cosas se salieron de control.
Le dolía todo el cuerpo.
Originalmente, la amenaza latente de Dante era como una espada de Damocles sobre su cabeza que la inquietaba de vez en cuando, pero con todo esto, ya no le quedaba energía para preocuparse por nada más.
Benicio no se dirigió al dormitorio, sino que salió de la habitación y bajó las escaleras.
Macarena lo siguió, algo extrañada, pero al ver la mesa del comedor repleta de platillos exquisitamente presentados, se le cayó el alma a los pies.
Estos días, Benicio se había esmerado en cocinar para ella, preparando menús diferentes cada día.
Sinceramente, los platillos que preparaba Benicio tenían una presentación impecable; cada uno podría servirse en un restaurante con estrellas Michelin.
Pero el sabor…
Si tuviera que calificar la presentación, el aroma y el sabor de esos platillos…
La presentación obtendría mil puntos.
El sabor, menos mil.
Salvo por alguna sopa sencilla que quedaba decente, el resto de la comida era tan insípida que resultaba incomible.
Macarena no quería despreciar el esfuerzo que él ponía en la cocina, así que se obligaba a comer un par de bocados más de lo que deseaba.
Llegó un punto en que no pudo más y quiso cocinar ella misma, pero Benicio se lo impidió.
La abrazó por la espalda, tomó suavemente sus manos y le susurró con un tono serio y a la vez íntimo:
—Si no te gusta este sabor, puedo aprender poco a poco.
»Pero que todavía tengas energía para meterte a la cocina, eso ya es culpa mía.
Hablando de eso, a Benicio también le parecía que algo no cuadraba.
Ayer, Lea lo había llamado para decirle que quería volver a Rivella y quedarse discretamente en la mansión Oliva, pidiéndole ayuda para idear un plan.
La última vez que la vio, su determinación era evidente. Por lo de Noah, lo único que sentía por Dante era odio; no quedaba ni rastro de afecto.
Supuso que Lea planeaba atentar contra Dante, así que le dijo con franqueza:
—Si piensas matarlo, ese plan es imposible. Es muy precavido. Probablemente te descubriría antes de que pudieras acercártele.
La inestabilidad en la familia Oliva y los posteriores atentados contra su vida habían moldeado al Dante actual: perspicaz y despiadado.
Lea rio suavemente.
—Lo sé, no pienso vengarme. Es solo que el lugar más peligroso es también el más seguro. Dante me está buscando por todas partes, jamás se imaginaría que estoy justo a su lado, viéndolo todos los días. Lo conozco, es arrogante y soberbio. Ya sea como empleada doméstica o jardinera en la mansión Oliva, ni siquiera me mirará dos veces.
Benicio pensó que el razonamiento de Lea tenía sentido. Después de hacerle algunas preguntas más y confirmar su decisión, aceptó ayudarla.

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