Macarena notó un deje de picardía en su sonrisa y se le tensó el cuerpo sin poder evitarlo.
En los dos días que llevaba viviendo ahí, había descubierto que Benicio tenía una resistencia física decenas de veces superior a la que ella había imaginado.
Al principio, él temía lastimarla, pero después de que ella, al verlo sufrir por contenerse, le dijo que no se preocupara, las cosas se salieron de control.
Le dolía todo el cuerpo.
Originalmente, la amenaza latente de Dante era como una espada de Damocles sobre su cabeza que la inquietaba de vez en cuando, pero con todo esto, ya no le quedaba energía para preocuparse por nada más.
Benicio no se dirigió al dormitorio, sino que salió de la habitación y bajó las escaleras.
Macarena lo siguió, algo extrañada, pero al ver la mesa del comedor repleta de platillos exquisitamente presentados, se le cayó el alma a los pies.
Estos días, Benicio se había esmerado en cocinar para ella, preparando menús diferentes cada día.
Sinceramente, los platillos que preparaba Benicio tenían una presentación impecable; cada uno podría servirse en un restaurante con estrellas Michelin.
Pero el sabor…
Si tuviera que calificar la presentación, el aroma y el sabor de esos platillos…
La presentación obtendría mil puntos.
El sabor, menos mil.
Salvo por alguna sopa sencilla que quedaba decente, el resto de la comida era tan insípida que resultaba incomible.
Macarena no quería despreciar el esfuerzo que él ponía en la cocina, así que se obligaba a comer un par de bocados más de lo que deseaba.
Llegó un punto en que no pudo más y quiso cocinar ella misma, pero Benicio se lo impidió.
La abrazó por la espalda, tomó suavemente sus manos y le susurró con un tono serio y a la vez íntimo:
—Si no te gusta este sabor, puedo aprender poco a poco.
»Pero que todavía tengas energía para meterte a la cocina, eso ya es culpa mía.


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