Dante era un hombre de decisiones implacables; a su corta edad, manejaba el Grupo Oliva a su antojo.
Por eso, Benicio siempre le había tenido cierto respeto y temor.
Pero más allá del temor, sentía que la capacidad de Dante era innegable, digna de admiración.
Además, Dante siempre lo había tratado bien. Así que, aunque los demás dijeran que Dante era un loco capaz de matar sin parpadear y torturar sin piedad, Benicio nunca le había tenido el pánico que sentía el resto de la familia Oliva.
Sin embargo, en el momento en que Dante apareció, Benicio sintió cómo la mano que sostenía temblaba casi imperceptiblemente.
Bajó la cabeza y miró a la dueña de esa mano.
Macarena estaba pálida como un papel, con los labios apretados en una línea fina y la mirada fija en Dante.
Era como si, desde que Dante hizo acto de presencia, todos sus sentidos se hubieran puesto en alerta máxima.
Benicio incluso podía escuchar su respiración agitada.
Terror.
Nerviosismo.
Pánico.
Salvo la vez que despertó al pie del acantilado, nunca había visto a Macarena así.
Benicio sintió una opresión indescriptible en el pecho.
Antes, cuando no sabía quién era Macarena, había escuchado rumores de que era una metiche que había separado a Dante y a Lea Torres.
En ese entonces, pensó que Macarena se buscaba problemas gratis. ¿Por qué tenía que meterse en los asuntos de una pareja ajena?
Pero ahora, al ver su rostro tenso y alerta, sintió un dolor agudo en el corazón, como si le clavaran agujas.
Todo el mundo sabía que con Dante no se jugaba.
Pero ella, sabiendo perfectamente los problemas que le traería, había elegido ayudar a Lea a recuperar su libertad con total determinación.
Era demasiado tonta.
Tan tonta que le dolía el alma.
Benicio apartó la vista y miró a Dante.
Sonrió levemente, dio un paso al frente cubriendo a Macarena con su cuerpo y, como siempre, lo saludó con voz suave:
—Dan.
Dante habló con frialdad, soltando apenas dos palabras:
Macarena le apretó la muñeca con fuerza.
El terror la invadió como si estuviera viendo a una víbora venenosa a punto de atacar.
—Lo sé —Benicio sonrió y agregó—: Tampoco voy a dejar que nadie más te lastime.
Dicho esto, se inclinó, le pasó un brazo por los hombros y le dio un beso suave.
Al mismo tiempo...
Macarena sintió en la palma de su mano el frío inconfundible del metal.
Al sentir ese objeto pesado aparecer de la nada en su mano, se quedó paralizada.
Era una pistola.
Benicio la miró con una sonrisa triste en los ojos.
—Si no puedo manejar esto, busca la forma de irte tú sola.
—Ten cuidado, no te vayas a lastimar.
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