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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 455

Él bajó la mirada hacia la mano donde ella ocultaba el arma.

—Sabes usarla, ¿verdad?

Durante el tiempo que pasaron en la villa, él le había enseñado a disparar y a apuntar.

Aunque siempre usaron pistolas de balines porque le preocupaba que ella se asustara, confiaba en que, con lo inteligente que era, no tendría problemas.

Benicio hablaba con una calma absoluta, como si estuviera comentando algo trivial.

Pero Macarena se quedó helada.

El pánico la sepultó en un instante.

Sabía que Dante quería verla muerta y estaba preparada para eso.

Tenía miedo, sí, pero pensar que Benicio la ayudaría, y ver que de hecho había venido por ella, había reducido ese miedo a la mitad.

Pero ahora, el peso de la pistola en su mano le provocó un terror que nunca había sentido.

Porque entendió que Benicio no le daría esa arma sin razón. Si él creyera que podía protegerla, jamás habría puesto la última esperanza de supervivencia en sus manos.

Si le estaba dando la pistola, era porque esa era su última carta.

Él había venido dispuesto a morir.

Era igual que aquella vez bajo el acantilado, cuando se dio cuenta de que estaba enfermo y sin medicinas; sabía que su cuerpo no aguantaría la caminata, así que le dijo que se fuera sola.

Él tampoco estaba seguro de poder sobrevivir a Dante.

Al comprenderlo, Macarena entró en pánico.

Se aferró al brazo de Benicio para impedir que se fuera.

—Benicio, tenemos un arma. Busquemos la forma de salir de aquí primero —le susurró para que solo él la escuchara.

Ya que las cosas habían llegado a este punto, ¿para qué mantener esa falsa armonía con Dante?

¡Había que arriesgarse, había que pelear!

Benicio se encontró con la mirada helada de ella y adivinó lo que estaba pensando.

Sonrió y miró a los guardaespaldas que los rodeaban.

—Nosotros dos solos no vamos a poder salir.

—Tranquila, no me va a pasar nada.

—Además, ya le avisé a mi hermana y a Ronan Torres. No tardarán en llegar con gente.

Benicio miró a Dante y apretó los puños con fuerza.

Pero al voltear y ver a Macarena sometida, relajó las manos, forzó una leve sonrisa y dijo:

—Dan, tanto tiempo sin vernos y me recibes a golpes. No hace falta ser tan agresivo, ¿no?

Dante no le respondió. En su lugar, le lanzó otro puñetazo, estrellándose de nuevo en su cara.

Esta vez el golpe fue mucho más fuerte.

Benicio se tambaleó y cayó directamente al suelo.

Intentó levantarse, pero Dante dio dos zancadas y le plantó la suela del zapato en la espalda, aplastándolo contra la tierra sin piedad.

A Benicio le costaba respirar.

Soportando el dolor, tuvo que decir:

—Dan, acuérdate que una vez te salvé la vida.

—Lo sé —la voz sonó gélida desde arriba, imperiosa y cruel—: Si no fuera por eso, no tendrías la oportunidad de estar hablándome ahora.

—Benicio, me decepcionas.

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