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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 474

En ese momento, Noah estaba ayudando a Dante a organizar la ropa que usaría al día siguiente. Al escuchar sus palabras, simplemente sonrió sin responder.

Dante tenía un carácter explosivo y un trastorno obsesivo-compulsivo bastante severo; si los empleados de la casa no hacían las cosas exactamente como él quería, montaba en cólera.

Noah era solo unos meses mayor que Dante, pero infinitamente más maduro.

En el poco tiempo que llevaban conviviendo, ya había descifrado por completo el temperamento de Dante. Con solo una mirada o un gesto, Noah podía adivinar lo que Dante pretendía hacer.

Por esa razón, su amistad se había fortalecido rápidamente. La familia Oliva, viendo lo bien que se llevaban, organizó las cosas para que Noah y Dante estuvieran juntos todo el tiempo: tomaban clases de regularización juntos, iban y venían de la escuela en el mismo coche e incluso sus habitaciones eran contiguas.

En esos días, debido al asunto de Lea, Dante lo había arrastrado a su habitación en innumerables ocasiones para desahogarse.

Al ver que Noah no decía nada, Dante hizo una pausa y se incorporó.

—¿Por qué no dices nada? —preguntó con molestia.

Noah era muy popular en la escuela; a las chicas les encantaba rodearlo. Dante era diferente: en cuanto aparecía, las chicas huían como ratones que ven a un gato, sin atreverse siquiera a mirarlo a los ojos.

Dante pensaba que, ya que Noah le caía bien a las mujeres, debía entender cómo funcionaba la mente femenina.

Esperaba que Noah le diera la razón, o al menos, si no se la daba, quería saber qué demonios debía hacer.

Noah terminó de doblar la ropa con cuidado y luego se dio la vuelta.

Llevaba ropa cómoda de casa, y su figura era delgada y alta. La luz suave de la lámpara caía sobre su cabello castaño claro y un poco revuelto, dándole un aire aún más accesible y amable.

Sonrió y dijo: —Tengo un poco de hambre. Bajemos a comer algo.

Dante se quedó callado un momento.

Aunque a regañadientes, se levantó del sofá.

—Llamaré al chef para que venga.

Ambos eran jóvenes en pleno crecimiento. Por mucho que cenaran, solían despertarse con hambre en medio de la noche buscando qué comer.

—Ya es muy tarde, los chefs ya salieron. Yo lo haré —dijo Noah mirando la hora en el reloj de pared.

A Dante no le importaba la hora.

Si los chefs habían salido, solo había que llamarlos por teléfono. Al fin y al cabo, vivían cerca de la residencia de la familia Oliva, a solo unos minutos de camino.

Pero Noah no pensaba igual, así que muchas veces era él quien terminaba cocinando.

Noah cocinaba muy rico y a Dante le encantaba su sazón.

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