Decenas de guardaespaldas sometieron en el suelo a Noah, que todavía estaba organizando su equipaje.
Lea reaccionó y, alarmada, intentó ayudarlo. Pero antes de que pudiera acercarse, una mano grande la sujetó con fuerza de la muñeca. Con un tirón, perdió el control de su cuerpo y cayó de forma aparatosa en los brazos de Dante.
Dante irradiaba una frialdad asesina y sus ojos estaban inyectados en sangre.
Incluso había en su mirada un rastro de dolor por sentirse traicionado.
—¿Estuviste una semana a solas con él en el extranjero? —preguntó Dante, con los dientes apretados.
Lea sintió un nudo en el estómago.
Pero rápidamente, su mirada se volvió firme.
—En primer lugar, Dante, nosotros ya terminamos. Es algo en lo que estuviste de acuerdo, así que no te importa con quién esté.
»En segundo lugar, lo creas o no, entre Noah y yo no hay nada.
En el pasado, antes de aclarar por completo su relación con Dante, aunque sentía cierta atracción por Noah, solo lo consideraba un amigo con el que había luchado codo a codo.
Durante los días que estuvieron fuera, efectivamente mantuvieron una distancia de amigos.
Pero cuando Dante escuchó su primera y tajante respuesta, ardió en cólera.
No había negado haber estado a solas con él.
¡Y encima seguía insistiendo en que habían terminado!
Dante clavó la mirada en Noah, apretando los puños hasta hacer crujir los nudillos.
Él había considerado a Noah un amigo, un hermano.
¿Y él se había aprovechado de la situación para traicionarlo?
La ira lo consumió en un instante.
Cegado por la rabia y sin poder contenerse más, lanzó un golpe brutal hacia Noah.
Lea, al percibir su descontrol, reaccionó sin pensarlo y se interpuso rápidamente entre él y Noah. Cerró los ojos, dispuesta a recibir el golpe de lleno.
Las pupilas de Dante se contrajeron y retiró la fuerza en el último segundo.
El puño rozó la cara de Lea.
Sintió la violenta ráfaga de aire del puñetazo.
No se atrevía a imaginar qué habría pasado si ese golpe le hubiera dado en la cara.
«Probablemente me habría roto los huesos», pensó.
Dante también la miró, aterrorizado por lo que pudo haber pasado. Al verla protegiendo a Noah como si su vida dependiera de ello, se sintió furioso, pero la ira fue reemplazada rápidamente por una desolación infinita.
La cabeza le zumbaba.

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