Era la primera vez que contraatacaba con tanta ferocidad.
Y antes de que pudieran procesar el golpe, un grupo de guardaespaldas se acercó y les susurró algo al oído a los reporteros que habían acorralado a Macarena.
A regañadientes, esos periodistas agarraron sus cosas y abandonaron el lugar sin chistar.
Macarena ignoró el alboroto a sus espaldas y caminó hasta pararse frente a Abril. Apenas un metro de distancia las separaba, pero todos a su alrededor podían percibir la electricidad y el aroma a pólvora en el aire.
Abril apretó los puños. Lo había visto todo: Fermín fue quien ordenó que sacaran a los reporteros que atacaban a Macarena.
Y no solo eso. Desde que Macarena puso un pie en el jardín, los ojos de Fermín no se habían despegado de ella. Ni siquiera le había dirigido una sola mirada a Abril.
Aunque en el fondo se lo esperaba, un ataque incontrolable de celos le quemó el pecho.
*¿Con qué derecho?*, pensó furiosa. *¡Fermín y yo somos pareja! Él debería amarme a mí. ¿Qué se cree Macarena?*
Ya estaban divorciados. ¿Por qué demonios seguía metiéndose entre ellos? ¡Solo había perdido un maldito bebé! Pero Fermín armó todo este teatro y la obligó a humillarse públicamente.
*¡Si hubiera sabido que las cosas llegarían a esto, no habría dejado a Macarena con vida en primer lugar!*
El odio la devoraba por dentro, pero Abril lo reprimió de forma impecable. Puso su mejor cara de mosquita muerta y lanzó una mirada discreta hacia Eduardo Reyes, que estaba parado a lo lejos.
*No importa lo que haya pasado hasta ahora*, pensó con malicia. *Después de hoy, Macarena quedará arrastrada por los suelos y yo seré la ganadora absoluta.*
Cerca de ahí, Eduardo, de pie junto a Fermín, se quejó en voz baja.
—Fermín, compadre, este lío lo podían arreglar en privado. ¿Qué necesidad hay de obligar a Abril a disculparse así delante de todos?
Fermín, como de costumbre, no se molestó en responder a sus idioteces.
A Eduardo no le importó su silencio.
—Se nota que la pobre Abril te ama a morir. Cualquiera en su lugar ya te habría mandado al diablo y se habría ido, pero ella aguanta todo esto.
—Pero, con todo respeto, Fermín, aunque Abril te ame y esté esperando un hijo tuyo, esto que le estás haciendo...
Fermín giró la cabeza y le lanzó una mirada gélida. Sus ojos oscuros parecían atravesarle el alma y descubrir todos sus secretos. Eduardo sintió un escalofrío en la espalda y se tragó sus palabras.
Por suerte, Fermín no tardó en volver a su actitud estoica de siempre. Con tono apático, preguntó.

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